Supersticiones: La libreta nueva

Un viaje largo, una mudanza —sobre todo si es de ciudad o de país—, arrancar un negocio o un nuevo proyecto, el nacimiento de un hijo y, quizás, el de alguno de los nietos, cambiar de trabajo, una nueva vida —en solitario o en pareja—, una pérdida importante, la llegada de enero… Tengo la supersticiosa creencia de que hay eventos que ameritan, por no decir exigen, una libreta nueva.

Prescindir de la libreta nueva en alguno de estos casos es como pasar debajo de una escalera; equivaldría al viernes trece, al espejo roto, al gato negro que se cruza en el camino. Yo no corro el riesgo del pecado de omisión.

Pero ya colados en este intrincado terreno de las confesiones, debo admitir que mi fetichismo en torno a la libreta nueva va todavía más lejos. A ella le he conferido cierto tipo de poderes salvadores: el mismo que algunos adjudican a los rituales de año nuevo o a la limpieza de primavera: al borrón y cuenta nueva, pues. Incluso estoy convencida de que si estamos sumidos en el lóbrego abismo del bloqueo creativo, atrapados en el ir y venir cíclico de una idea que se niega a evolucionar, una libreta nueva nos traerá la luz y nos redimirá. De ese tamaño es mi fe.

Así voy por la vida en busca esos objetos de pasta dura, pasta blanda, verticales o apaisados; en busca de cuadernos de todo tipo de tamaños y colores; de hojas blancas, cuadriculadas; cuadernos a rayas —con margen o sin él— que estarán prestos a ser un discreto cómplice, la media naranja o el orgulloso padrino de una ocasión especial.

Quién puede negar el inmenso placer que produce estrenar una libreta: romper la envoltura transparente mientras el olor del papel se cuela entre las grietas; la sutil doma de las carátulas rebeldes que insisten en contraerse; el crujir, a veces musical, a veces lastimero, de las hojas al separarse una de otra como preludio del ciclo nuevo que está por iniciar. Quién puede resistirse ante la idea redentora del nuevo comienzo, del flamante ciclo sin pasado, de la página uno que solo ve y va para adelante. Quién puede. Yo no.

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Haz algo, que la vida se te va

Se levanta con la mandíbula trabada, le duelen los dientes. Camina al baño arrastrando los pies, la sombra, la moral. El agua de la ducha se lleva a medias el letargo pero no todo lo demás. Se busca en el espejo. No se encuentra. Toma el maquillaje, lo mira y lo deja: nada cubrirá.

Haz algo, que ya es tarde.

A punto de salir, una pausa. Un poco de jugo, los restos de anoche, los restos de sí. Toma una manzana —que sean dos— para llevar. Busca en el bolso. Llaves, teléfono, billetera: no olvida nada. Afuera, el clima gris, como el mercurio del termómetro que cada día baja más. Acaricia al perro. Revisa las luces. Pone el cerrojo.

Haz algo, que no llegas.

El trayecto es un paseo frío en blanco y negro. Andar en hielo, nieve espesa; perder el equilibrio y resbalar. El equilibrio, qué ironía: ¿el equilibrio qué será? Se detiene en el comercio de una esquina. Husmea, observa. La vitrina sin respuesta, su reflejo ahí no está. Al fin llega: la oficina, la rutina. Va de nuevo: buenos días. En su mesa, a la derecha: café negro, bien amargo. A la izquierda, los pendientes, impacientes, no dan tregua.

Haz algo, que no acabas.

Papel calca, portaminas. ¿Adónde vas con todo esto? Escalímetro, pluma fuente. Parece que trazas tu mapa mental. El jefe, al teléfono, la hipnotiza: solo habla del deadline. El día pasa sin altos ni bajos, hoy no habrá nada que recordar. Apaga el monitor al caer la tarde: en el destello, se asoma ella. Se deja ver, desaparece. Oye tú, tenemos que hablar. En la calle el periplo vespertino: supermercado, tintorería. A lo que vienes, mamacita. En casa aguarda un perro inquieto, una pila de trastes sucios y un montón de nostalgias que no sabe dónde guardar. Pasea al perro, lava los trastes; las nostalgias, otro día.

Haz algo, que la vida se te va.

Viene la noche, el almanaque pierde una hoja más. En el espejo se busca de nuevo. Al fin te veo, ahí estás. El reflejo hace una seña, ella se acerca. No dudes, ven, acércate más. Entonces, del cristal emerge, poco a poco, una voz, un susurro que le dice:

Con calma, que ya es tarde.

Con calma, que no llegas.

Con calma, que no acabas.

Con calma, que la vida se te va

Schubert

Mi juguete favorito de niña era un león enorme que llegó envuelto en papel de colores el día de mi cumpleaños número seis. No era un león cualquiera. Solamente la cabeza tenía el tamaño del resto de su cuerpo. Además, portaba con cierta bravura una abundante y despeinada melena negra que era sin duda lo que más me gustaba de su exuberante personalidad.

En esas fechas coleccionaba los tomos de mi primera enciclopedia. Cada número venía acompañado de un acetato de música clásica dedicado a alguno de sus grandes compositores. En la funda del disco aparecía una fotografía y una breve biografía de la celebridad en cuestión. Qué señores más cautivadores iba descubriendo semana a semana. Qué gestos, qué garbo, qué solemnidad. Fue gracias a esta coincidencia que pude encontrar de inmediato el nombre adecuado para mi recién llegado felino: con esa melena y esa gallardía sólo podía llamarse Schubert.

Esta mañana, mientras el cuarteto Mandelring cerraba su función con “La muerte y la doncella” de Franz Schubert, no pude evitar el recuerdo de mi silente y fiel camarada de infancia —mi Schubert— y su formidable mata negra. Así opera la memoria y sus extrañas conexiones: hoy en los corredores de la sala de conciertos mi niña interior salió a jugar.

Extranjera

El lugar ideal para mí es aquel en donde es más natural vivir como extranjero.
Italo Calvino, Eremita a Parigi. Pagine autobiografiche, 1995.

Me gusta ser extranjera. Esa condición me da el privilegio de vivir la cotidianidad con una sana distancia donde nada me salpica o me despeina. Extraña sustracción de un mundo en el que estoy y no estoy. Qué liviana me siento ante el dulce sosiego de saber que nada de esto es mío, que nada de esto me pertenece. Porque los apegos pesan, estorban. Y las raíces demasiado profundas sólo consiguen inmovilizar.

Amo esta tierra forastera precisamente porque nada me ata a ella. Su pasado me conmueve mas no me duele; su futuro no me abruma. Su presente me toca hasta donde yo le permito llegar: mágico cortejo entre dos desconocidos que se dejan sorprender sin expectativas; idilio perfecto que no precisa de pactos con testigos ni promesas de fidelidad.

Agradezco a este suelo por no ser mi patria y por eximirme sin reproche de ciertos protocolos; agradezco también no saberme un soldado más entre sus filas. Puedo pasearme completamente desprovista de héroes, rivalidades y estereotipos heredados saboreando la sutil rebeldía de no pertenecer y la seductora concesión de poder ver sin filtros este territorio y quererlo tal y como es.

Me gusta ser extranjera. De ésas que llegan sin equipaje y sin equipaje se van. Qué gloriosa libertad.

Greco

Sus pisadas ya no suenan como antes. En los últimos dos años, éstas pasaron de un melódico alegretto a un larghissimo lastimero que evocan al sonido del clarión deslizándose sobre la pizarra. Esas blancas extremidades se arrastran sobre el camino trazando nuestro recorrido. A cada paseo, un bosquejo. Sólo basta mirar hacia atrás para descubrirlo. Bosquejos sobre la nieve, sobre la tierra, sobre el follaje; también sobre el asfalto donde últimamente dejaba trazos rojos de sangre hasta que decidimos que no más caminatas sobre el asfalto, no más.

El viento nos obliga a ir despacio, nos recuerda que hoy no hay prisa. Un olor familiar me remonta a nuestros primeros paseos en estas tierras tan lejanas de todo y de todos pero que con los años hemos hecho casi nuestras. Me pregunto si él conoce la nostalgia con la misma intriga con la que he intentado descifrar sus gestos durante catorce años. Apenas puede con su cadera que sólo habla de vejez, pero el brío es el mismo y el talante curioso y resuelto sigue ahí. A los pocos metros se detiene. Se toma el tiempo a sorbitos, olisquea a su alrededor. Yo me pongo en cuclillas para masajear sus patas delanteras. Sé que duele pero no hay queja, solo lame mi mano pidiendo delicadeza con delicadeza. Intento decir algo pero entonces se levanta decidido y seguimos dibujando nuestro andar.

Podríamos caminar esta vereda a ojos cerrados. Lo único que ha cambiado es el tiempo que nos toma recorrerla. Conocemos cada metro con todas sus variantes según la estación del año. La hemos visto marchitarse, cubrirse de blanco y luego reverdecer. Hemos errado tantas veces por aquí que cada sonido, cada olor y cada textura nos pertenecen por derecho propio. Porque sabemos que el crujido de la hojarasca otoñal no es el mismo en septiembre que en noviembre; que la nieve nueva no se siente igual que la nieve vieja; que el río en verano susurra, en invierno crepita y en primavera vocifera. En esta mañana de abril, casi mayo, aún hay tulipanes. Y todos se mecen para decir adiós.

Al fin llegamos a la pequeña playa en la ribera, nuestro rincón preferido. Aquí hacemos lo que más nos gusta: yo, leer; él, nadar, aunque hace meses que no lo hace más. Un día casi se ahoga. Yo me percaté al oírlo chillar. Corrí a la orilla a esperarlo, el corazón se me salía. Tardó mucho tiempo en acercarse, salió temblando del agua. Ambos regresamos a casa cabizbajos, sabíamos que ésa había sido la última vez. A partir de esa ocasión se limitaba a sentarse sobre la arena a contemplar hipnotizado las aguas del San Lorenzo. A veces emitía un ligero lloriqueo, a veces mirar parecía bastarle.

Hoy la marea está baja, cosa rara en tiempo de deshielo. Hace apenas unas semanas que el río ha vuelto a su estado líquido, todavía quedan un par de bloques de hielo que mañana ya no estarán. Permanezco de pie sobre la arena, él se sienta con dificultad. No hay nada que decir, hasta el viento ha callado. Lo abrazo fuerte y duele tanto, sé que al soltarlo debo dejarlo ir. Me incorporo y apenas puedo decir “go”. Entonces él se levanta y con todas sus fuerzas corre, corre, corre, de nuevo joven, a encontrarse con el agua en un chapuzón arrebatado, como antes, como siempre.

Nada feliz, Greco, amigo mío. Y espérame en la otra orilla.

Maratón

Escucharás un disparo, tu corazón latirá fuerte, inspirarás profundamente. La inercia de la multitud te arrastrará. Cruzarás la línea de salida: el tiempo oficialmente empezará a contar. Los gritos de la gente aturdirán. Cada pisada pesará. Intentarás dominar tu cuerpo torpe y rígido. Te concentrarás en inhalar a buen ritmo, en controlar tu cadencia, en cuidar tu postura. Otros corredores pasarán a un lado dejándote atrás, eso te intimidará. Mirarás el reloj casi cada minuto; sentirás la adrenalina recorriendo tu cuerpo. Esto apenas comienza, cavilarás.

La gente seguirá vitoreando pero sus gritos se volverán un lejano eco que apenas escucharás. El panorama te distraerá. Verificarás de repente tus pulsaciones o quizá tu posición. Poco a poco irás aflojando los brazos, olvidarás tu respiración. Llamará tu atención aquella señora que aplaude en pijama desde su puerta. Sonreirás. Repararás en la camiseta de la chica de enfrente apoyando a los enfermos de linfoma, en la bandera colgando en la espalda del corredor a tu derecha, en el nombre escrito con plumón rojo en el brazo de otro competidor más allá. Todos corren por una causa, supondrás.

El paisaje sutilmente devendrá una fotografía borrosa. Apenas sentirás las gotas de sudor cayendo del pliegue de tus brazos. La línea del tiempo te jalará caprichosamente hacia atrás y hacia adelante. Visitarás a la abuela quien te recibirá entre besos y estrujones, como siempre lo hizo. Tal vez llegarás a aquella aula en la que a escondidas te robaron tu primer beso. Irás al jardín de tu infancia a jugar con tus hermanos y ese perro al que perseguían descalzos entre gritos y risas. Aterrizarás en Lisboa y casi podrás sentir el olor de los pastéis de Belém. Te encontrarás sentado ante la chimenea reviviendo una escena con esos amigos a quienes no has vuelto a ver desde esa tarde. Buscarás solución al problema que te tiene inquieto. Recordarás súbitamente el nombre de la película que quisiste recomendar días antes y que simplemente no lograste mencionar. Te harás preguntas, muchas, sobre tu vida, sobre ti. Posiblemente concluirás que es hora de tomar otro riesgo porque en ese momento te sentirás poderoso, invencible. Aparecerá, como ráfaga y de manera desordenada, la memoria de las fiestas de la universidad, alguna mudanza, caminatas por la playa, amistades entrañables, promesas, miradas, roces, adioses.

El calor te traerá de vuelta. Sentirás sed. Tus ojos buscarán el próximo tramo con sombra y no lo encontrarán. Notarás que has bajado tu velocidad. Intentarás acelerar, recuperar la cadencia perdida. Tus piernas se rebelarán. A ellas les seguirán tu mente y tu voluntad. Juzgarás que todo eso no fue buena idea y que en ese momento estarías desayunando cómodamente en casa. Intentarás sacar la cuenta de todos los libros que ya hubieras leído en tantas horas de entrenamiento. Enumerarás las ocasiones que dijiste que no a los eventos sociales, las veces que fuiste el primero en abandonar la fiesta, los manjares a los que tuviste que renunciar. Te preguntarás una y otra vez qué demonios haces ahí mientras el calor aumenta y el cansancio empieza a hacer mella. Bienvenido al muro de los treinta kilómetros, augurarás.

Verás otros corredores —aparentemente en forma— detenerse a caminar. Algunos comenzarán a abandonar. Temerás ser el próximo y buscarás un aliciente: llegar al poste de luz, después al siguiente y así sucesivamente. En la banqueta un niño sostendrá un cartel: “No aflojes. Tú puedes”, y tú pensarás que ya no puedes, pero te negarás a parar. Habrá algo dentro de ti que te mantendrá corriendo y te dejarás llevar.

La pancarta avisando que faltan cinco kilómetros al fin arribará. La cantidad de gente en las calles aumentará junto con la rigidez de tus cuádriceps y pantorrillas. Intentarás hacer un esfuerzo adicional y acelerarás. Todo tu cuerpo se defenderá. Jadearás. Sabrás que ya no tienes fuerzas pero aun te quedará voluntad. La muchedumbre aplaudirá, levantará los pulgares; apenas lo advertirás.

Y, de pronto, la meta emergerá. Un escalofrío invadirá tu cuerpo y todo lo demás se esfumará: solo atenderás esa línea de llegada, el final del trayecto. El último tramo te parecerá tan largo que por un instante dudarás si sigues avanzando o si tus piernas decidieron parar. Gritos, música, globos de colores y ese arco proclamando que llevas más de cuatro horas corriendo. Extenderás los brazos, cruzarás la meta. Te sentirás un héroe, lo serás. Habrá lágrimas en tus ojos y un golpeteo en tu pecho que difícilmente podrás ignorar. Cuarenta y dos punto dos kilómetros, todo terminará. Te dolerán las piernas, estarás molido, acabarás exhausto. Y aun así, al día siguiente solo pensarás en volverte a poner esos tenis y hacerlo una vez más.

Estación número cuatro

En mi experiencia como extranjera, me atrevo a decir que son dos los temas medulares que definen el concepto de “patria” entre los habitantes de esta provincia canadiense llamada Quebec: su invierno y su lengua, el francés (la cual cuidan y defienden con una devoción admirable y conmovedora).

Los quebequenses alardean del invierno como esos padres que se jactan del hijo rebelde y caprichoso que los hace batallar: “No tendremos terremotos ni huracanes, pero tenemos el invierno”, me ha dicho más de uno con presunción. Y tienen razón. En estas latitudes, el invierno es el protagonista indiscutible de las cuatro estaciones. Los primeros copos de nieve comienzan a caer a principios de noviembre y los paisajes blancos suelen durar hasta mayo. La matemática no miente: pasamos casi seis meses bajo cero, cubiertos de nieve, con temperaturas promedio de -18ºC (que pueden descender, sin que nadie se sorprenda, hasta los -40ºC).

La vida de este lugar gira en torno a la estación número cuatro. Poco importa la época del año en la que nos encontremos, el invierno siempre está presente en nuestras pláticas y labores cotidianas. Porque si bien esta fase ocupa casi la mitad del calendario, los meses que restan son para reparar los daños invernales o para hacer las labores preventivas del invierno a venir. La agenda escolar, la ejecución de las obras públicas, la temporada de construcción y muchas otras cosas, están planeadas en consecuencia del clima.

Entre noviembre y mayo nuestra cotidianidad está llena de sutilezas fascinantes. Existen al menos unos cinco tipos de palas diferentes para quitar la nieve que se acumula en la entrada de nuestras casas: la pala para nieve nueva y ligera, para la nieve vieja y pesada, para la que ya se hizo hielo o para aquella que es como polvo fino y que aquí le llaman poudrerie. El simple hecho de tratar de quitar la nieve con la herramienta incorrecta fue motivo suficiente para que mi vecino, quien no me había dirigido la palabra en los catorce meses que llevamos habitando en la misma calle, se acercara a darme toda una cátedra y sugerirme que comprara otra pala porque así nunca iba a terminar. Y éste es solo el ejemplo más reciente de otros que podría mencionar.

Ver a los niños quebequenses caminar y jugar con esos trajes de invierno —en ocasiones más pesados y voluminosos que ellos— me hace pensar que esta gente desarrolla habilidades especiales desde la más tierna edad. Caminar y esquiar son dos cosas que se aprenden simultáneamente y es asombrosa la manera en la que una madre puede andar por las banquetas cubiertas de hielo o nieve (y, en ocasiones, empinadas) con una carreola en una mano y un niño y un perro en la otra.

Tal vez parezca irónico pero, si quieren romper el hielo con los quebequenses, háblenles del invierno. Porque para ellos hablar del invierno es hablar de una historia de amor. La canción Mon pays (“Mi país”) de Gilles Vigneault (Natashquan, 1928) se convirtió en el himno no oficial de Quebec en 1964. Su frase inicial: “Mi país no es un país, es el invierno”, lo dice todo. Aquí la letra completa en francés y su traducción al español:

En el aire

para Claudia.

Sonrío a manera de saludo. Mi vecino de asiento me devuelve el gesto mientras se acomoda una corbata morada con rombos negros diminutos. Pienso que debe ser un tipo tranquilo y que me dejará dormir. Tras sacar mi libro, pongo el bolso de mano debajo del asiento de enfrente y doblo mi suéter para usarlo de almohada. Bostezo, me siento relajada, supongo que el Dramamine® empieza a surtir efecto. Abro el libro pero después de leer tres veces el mismo párrafo decido dejar la lectura para más tarde. La sobrecargo me ofrece gentilmente un vaso de agua mientras se escucha al piloto dar la bienvenida con un acento que no logro reconocer. Tomo el vaso de plástico, me bebo el agua de un jalón. Cierro los ojos descansando mi cabeza en el respaldo del asiento. Qué bien se siente. Poco a poco el barullo se atenúa y con él se va esfumando la tensión de esta última semana. Un codazo sutil me regresa a la bulla y me incorporo de golpe. Me doy cuenta de que invado el espacio de mi vecino por lo que balbuceo una disculpa torpe, primero en español, luego en inglés. El hombre sonríe incómodo y responde “no hay problema” sin siquiera voltear. Me acomodo de nuevo disponiéndome a dormir. Se repite el codazo pero ya no pido perdón, solo cambio de posición. Finalmente el cansancio me vence y en un instante todo desaparece.

De la negrura emerge una imagen. Soy yo cruzando una calle que desconozco. Intento desactivar la alarma de un auto que está a unos diez metros de mí pero el control remoto parece no funcionar. Mientras me acerco, presiono una y otra vez el botón del llavero sin éxito. Al llegar al auto, inserto la llave y abro la puerta. La alarma se dispara mas no encuentro cómo hacerla callar. Salgo del coche cerrando la puerta con fastidio y empiezo a caminar sin rumbo. Volteo hacia el auto, la alarma sigue sonando. En ese momento me doy cuenta de que me siguen. Son dos hombres que señalan y vienen hacia mí. Acelero el paso y enseguida me echo a correr. Al doblar la esquina, resbalo y caigo. Los hombres están cerca, no me levanto. Me arrastro por el piso lográndome esconder debajo de una camioneta. Ellos pasan trotando cerca de mí, me encojo y cierro los ojos. Los tipos siguen de largo sin percatarse de que estoy a solo unos metros, tirada en el suelo, paralizada de miedo. Me quedo ahí, con los ojos apretados, controlando la respiración. Aguardo unos minutos, abro los ojos cautelosamente pero algo no hace sentido. El piso donde yazco es morado con rombos, rombos negros diminutos. No me muevo, ni siquiera parpadeo, solo hago un escaneo visual. Estoy tendida en la corbata de mi vecino y puedo escuchar claramente los latidos de su corazón. Su cinturón de seguridad se encuentra a unos treinta centímetros de mi cara. Él está inmóvil, tieso, creo que no ha notado que estoy despierta. Imagino al menos tres maneras diferentes de disculparme pero ninguna me convence. Vuelvo a cerrar los ojos y decido permanecer así mientras encuentro una manera elocuente de zafarme de esta situación. En ese momento, el avión se sacude y la advertencia de abrochar el cinturón de seguridad se enciende emitiendo una alarma: la suerte está de mi lado. Me valgo de la turbulencia para fingir un sobresalto y con un gemido me lanzo hacia el lado opuesto, dejándome caer en el borde de la ventanilla. Simulo dormir por un buen rato hasta que el piloto habla de nuevo por el altavoz, esta vez pidiendo que llenemos los formularios de aduana. Entonces aprovecho la ocasión para abrir los ojos mientras estiro los brazos lentamente procurando hacer evidente mi despertar. Corrijo mi postura, cruzo una pierna y recojo mi suéter del piso. Minutos después, un sobrecargo pasa repartiendo los formularios. Con una seña mi vecino le pide una pluma y yo le ofrezco la mía. Él me mira de reojo, titubea. Yo insisto poniéndola sobre su mesa. En la espera, me recuesto de nuevo en el asiento mientras los párpados caen sin remedio. El barullo se disipa y en un instante todo desaparece.

Tarde

El reloj del tablero me recuerda que voy tarde. Las cuentas no me salen por más que intento hacerlas cuadrar: ¿qué demonios he hecho con los minutos esta mañana?

Otra luz roja, ahora es oficial: la única manera de que llegue a tiempo es teletransportándome. Con un suspiro decido calmarme. Me quito los guantes y el gorro y miro de reojo en el espejo solo para comprobar que mi cabellera también es un caos. Enciendo la radio pensando que debí hacerme un chignon. Nieva del otro lado del parabrisas y me sorprende descubrir que hoy la nieve me parece chocante, casi anormal.  El semáforo se pone verde pero yo permanezco inmóvil, pasmada, siento miedo de arrancar. El bocinazo del auto de atrás me obliga a reaccionar. Piso insegura el acelerador, avanzo lentamente. De golpe, el paisaje cotidiano me es completamente ajeno : todo es monocromo, nada que ver con jacarandas y buganvilias. El termómetro indica -16º C y entonces me pregunto qué hago aquí mientras de fondo Lady Gaga canta I want your love, love-love-love, I want your love

Un semáforo más, rojo otra vez . Sé que voy tarde, pero ahora no sé a dónde voy.