Supersticiones: La libreta nueva

Un viaje largo, una mudanza —sobre todo si es de ciudad o de país—, arrancar un negocio o un nuevo proyecto, el nacimiento de un hijo y, quizás, el de alguno de los nietos, cambiar de trabajo, una nueva vida —en solitario o en pareja—, una pérdida importante, la llegada de enero… Tengo la supersticiosa creencia de que hay eventos que ameritan, por no decir exigen, una libreta nueva.

Prescindir de la libreta nueva en alguno de estos casos es como pasar debajo de una escalera; equivaldría al viernes trece, al espejo roto, al gato negro que se cruza en el camino. Yo no corro el riesgo del pecado de omisión.

Pero ya colados en este intrincado terreno de las confesiones, debo admitir que mi fetichismo en torno a la libreta nueva va todavía más lejos. A ella le he conferido cierto tipo de poderes salvadores: el mismo que algunos adjudican a los rituales de año nuevo o a la limpieza de primavera: al borrón y cuenta nueva, pues. Incluso estoy convencida de que si estamos sumidos en el lóbrego abismo del bloqueo creativo, atrapados en el ir y venir cíclico de una idea que se niega a evolucionar, una libreta nueva nos traerá la luz y nos redimirá. De ese tamaño es mi fe.

Así voy por la vida en busca esos objetos de pasta dura, pasta blanda, verticales o apaisados; en busca de cuadernos de todo tipo de tamaños y colores; de hojas blancas, cuadriculadas; cuadernos a rayas —con margen o sin él— que estarán prestos a ser un discreto cómplice, la media naranja o el orgulloso padrino de una ocasión especial.

Quién puede negar el inmenso placer que produce estrenar una libreta: romper la envoltura transparente mientras el olor del papel se cuela entre las grietas; la sutil doma de las carátulas rebeldes que insisten en contraerse; el crujir, a veces musical, a veces lastimero, de las hojas al separarse una de otra como preludio del ciclo nuevo que está por iniciar. Quién puede resistirse ante la idea redentora del nuevo comienzo, del flamante ciclo sin pasado, de la página uno que solo ve y va para adelante. Quién puede. Yo no.

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