Extranjera

El lugar ideal para mí es aquel en donde es más natural vivir como extranjero.
Italo Calvino, Eremita a Parigi. Pagine autobiografiche, 1995.

Me gusta ser extranjera. Esa condición me da el privilegio de vivir la cotidianidad con una sana distancia donde nada me salpica o me despeina. Extraña sustracción de un mundo en el que estoy y no estoy. Qué liviana me siento ante el dulce sosiego de saber que nada de esto es mío, que nada de esto me pertenece. Porque los apegos pesan, estorban. Y las raíces demasiado profundas sólo consiguen inmovilizar.

Amo esta tierra forastera precisamente porque nada me ata a ella. Su pasado me conmueve mas no me duele; su futuro no me abruma. Su presente me toca hasta donde yo le permito llegar: mágico cortejo entre dos desconocidos que se dejan sorprender sin expectativas; idilio perfecto que no precisa de pactos con testigos ni promesas de fidelidad.

Agradezco a este suelo por no ser mi patria y por eximirme sin reproche de ciertos protocolos; agradezco también no saberme un soldado más entre sus filas. Puedo pasearme completamente desprovista de héroes, rivalidades y estereotipos heredados saboreando la sutil rebeldía de no pertenecer y la seductora concesión de poder ver sin filtros este territorio y quererlo tal y como es.

Me gusta ser extranjera. De ésas que llegan sin equipaje y sin equipaje se van. Qué gloriosa libertad.

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