El fin del mundo es blanco

No existe ciudad más al este en la provincia de Quebec que Blanc Sablon. Para llegar al pequeño poblado situado en la frontera con la provincia de Labrador no tenemos muchas alternativas. La más sencilla es volar. Para los aventurados hay un par de opciones. La primera, es conducir por la costa norte del río San Lorenzo hasta Natashquan, lugar donde se acaba la carretera, y ahí tomar un barco o una avioneta a Blanc Sablon. La segunda, es hacer el recorrido completo en barco, lo cual toma algunos días, pero supone ser la opción ideal gracias al paisaje espectacular a lo largo del trayecto y las diversas escalas en islas a las que sólo se llega navegando. En mi caso, y por tratarse de motivos de trabajo, la alternativa rápida y práctica era la única posible.

Aun por aire el viaje es largo: siete horas y tres escalas partiendo de la ciudad de Quebec. La avioneta vuela bajo y a través de la ventanilla se descubren kilómetros y kilómetros de agua y terreno rocoso sin rastro alguno de vegetación. El Golfo de San Lorenzo está colmado de bloques de hielo que desde el cielo sugieren un patrón como aquel que descubrimos al acercar el ojo al ocular de un microscopio. Sobrevolamos la tundra, nos dirigimos al fin del mundo.

Mis colegas y yo llegamos a un aeropuerto minúsculo en medio de la nada. Nos espera el único taxista del pueblo, un tipo grandote que nos habla mezclando con naturalidad inglés y francés. Se da cuenta de ello y se disculpa aprovechando la ocasión para informarnos (¿o advertirnos?) que, debido a la cercanía con la provincia de Labrador —anglófona—, toda la gente habla así. Nos deja en el hotel, un lugarcito acogedor con olor a leña y habitaciones con vista al mar.

Juntas de trabajo, entrevistas y visitas de campo van llenando la agenda; el tiempo para salir y echar un vistazo es poco. Al tercer día logro escaparme a correr y tomar algunas fotos. Una centena de casas —tal vez menos— conforma el pueblo, además de una tienda de abarrotes, una gasolinera, una iglesia y un hospital. No se ve un sólo árbol en el horizonte, apenas roca y hielo y mar. Los bloques de hielo que flotan en el océano van y vienen constantemente, apareciendo y desapareciendo del panorama como por arte de magia: unos días están ahí, otros días no. Pregunto cómo es que el paisaje puede cambiar así de golpe y me responden con orgullo: “Esto es la Basse-Côte-Nord de Quebec. Aquí el horizonte nunca luce igual.”

Tenemos unas horas libres. El dueño del hotel nos renta su auto y decidimos recorrer la autopista 138, la única de la zona, que va de Vieux-Port hasta la frontera con Labrador donde se convierte en la ruta 510. Conducimos hacia el sur. Después de setenta kilómetros de lagos semicongelados, cascadas y más roca nos topamos con un letrero indicando el final del camino que desemboca en el mar. Regresamos por la misma vía y nos dirigimos hacia Labrador. El paisaje no cambia; la frontera, como siempre, es una idea. A partir de ahí, una densa neblina nos acompaña. Avanzamos lentamente mientras emerge el sonido de una sirena que nos lleva hasta un faro, el Point Amour Lighthouse (1850), uno de los pocos sitios históricos de la región. La bruma nos impide ver el mar, el ulular de la sirena lo llena todo. Así se nos acaba la tarde, llega la hora de volver.

La mayoría de los adultos de este lugar se dedica a la pesca y unos cuantos al servicio y mantenimiento de embarcaciones. Los niños juegan a hacer túneles en la nieve y a buscarle forma a los icebergs, no a las nubes. Los adolescentes aguardan pacientemente el día en que puedan emigrar. Porque si hay algo que impera en el carácter de esta gente es la paciencia. Aquí el tiempo se mide con otra escala, la escala que nuestros ancestros solían usar. Las esperas son en días y la vida se contabiliza en veranos vividos.

Esta tierra anónima y el gran contraste que presenta con mi vida cotidiana me han tentado a llamarlo desolación, pero no me atrevo. No, no es desolación lo que han visto mis ojos, es inmensidad. El paisaje se termina con la curvatura de la tierra donde el blanco del hielo se fuga en la misma línea con el azul del cielo. Esto es el fin del mundo. Y el fin del mundo es blanco.

Gracias, querido Ricardo, por tus notas y comentarios a este texto.

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Llegadas / Arrivals / Arrivées

Llegué una hora antes de lo previsto. Debía conducir casi trescientos kilómetros desde Quebec, entrar a Montreal en hora pico de un viernes de verano y cruzar la ciudad para dirigirme al aeropuerto. Por ningún motivo quería llegar tarde, así que planeé mi día y mis desplazamientos considerando el peor escenario posible y para mi tranquilidad, las cosas se dieron mejor de lo que esperaba.

El punto es que ahí estaba yo, sesenta minutos antes, en la sala de llegadas del Pierre-Elliott-Trudeau. Me pareció raro que la sala estuviera casi vacía pero eso me permitió ocupar una banca con ubicación estratégica entre el monitor de registro de aterrizajes y la puerta de salida de viajeros. Estuve leyendo por un rato. Recuerdo bien que leía Mujeres que viajan solas de José Ovejero porque iba a recoger a mi madre, quien viajaba sola, y me pareció una curiosa coincidencia. En pocos minutos la sala se fue llenando de voces, así que guardé a Ovejero y me dispuse a observar. Me gusta mirar a las personas. Me gusta ver sus gestos, cómo se mueven, cómo visten. A veces juego a adivinar sus historias: ocupación, estado civil y de vez en cuando, solo por diversión, algún detalle sórdido. Puedo pasar horas haciéndolo y creo que los aeropuertos son el sitio perfecto para ello porque esas salas de llegadas son como ciertos sitios sagrados que tienen una vibra especial, una energía diferente producto de todas las emociones que ahí se generan y se quedan flotando sin que nos demos cuenta. ¿Cuáles son las anécdotas escondidas entre todas esas maletas, detrás de este vasto catálogo de gente? ¿Adónde va esta muchedumbre y por qué?

Observaba a la pareja que estaba sentada frente a mí cuando dos hombres -un cincuentón y un adolescente- y una mujer mayor ocuparon mi campo visual. Tres generaciones: madre, hijo y nieto. El cincuentón hablaba en francés con el hijo y en rumano con la madre; la abuela se dirigía a ambos en rumano y el adolescente les respondía en un perfecto francés québécois: una escena típica de una familia de inmigrantes y que se puede ver todos los días en una ciudad como Montreal. La mujer estaba visiblemente nerviosa y hablaba poco. La escuché hacer dos preguntas solamente; la primera vez, el hijo consultó el registro de llegadas y la segunda, el nieto miró su reloj de pulsera y movió la cabeza en señal negativa. A los pocos minutos, el monitor anunció el aterrizaje de un vuelo procedente de París y el adolescente dijo “C’est arrivé” (“Ha llegado”) apretando el hombro de su abuela. La señora, impecable, vestía una falda azul hasta las rodillas y un suéter blanco de botones. Los zapatos nuevos eran del mismo tono café que su desgastado bolso de mano. Una gargantilla de oro colgaba de su cuello y en sus orejas, unos aretes pequeños del mismo material. La visualicé planeando su atuendo con esmero, buscando los zapatos que hicieran juego con el bolso y la imagen me conmovió. Algo me decía que se trataba de una ocasión especial.

La señora miraba fijamente hacia la puerta por donde salían los viajeros, yo la miraba a ella. Apenas parpadeaba. En un par de ocasiones se puso de puntillas para ver mejor. De repente, abrió los ojos y se llevó la mano a la boca en señal de admiración. Del otro lado, una mujer -mismo gálibo, misma edad- repetía el ademán. La viajera se aproximaba lentamente y, cuando estaba a un par de metros de la señora de falda azul, soltó su equipaje y extendió los brazos. Pensé que iban a estrecharse pero no fue así. Se acercaron poco a poco, sin prisa, y se empezaron a tocar. Tocaban sus caras, sus manos, sus cabellos. Se reconocían palpando la nariz, las orejas, la boca de la otra. Entonces se abrazaron y soltaron en un llanto discreto, silencioso, sin drama. Los dos hombres miraban de lejos, todos los demás éramos unos intrusos. Sentí impotencia, casi enojo, por la gente que pasaba apresurada, moviéndose torpemente con sus valijas pesadas y escandalosas sin percatarse de que ese momento era solo de ellas. La sala se llenó y entre toda esa vorágine las perdí de vista.

Al poco rato volvió la calma. Las busqué con la mirada pero ellas habían desaparecido. La pantalla de aterrizajes indicaba que el vuelo que estaba esperando había tocado tierra minutos atrás. Tomé mi bolso, me acerqué a la valla. Mi madre cruzó la puerta y yo corrí a recibirla. Nos saludamos con un beso y un abrazo largo. Después de nuestro protocolo de bienvenida tomé su maleta y, al dirigirnos hacia la puerta de salida, noté que alguien nos observaba y sonreía.

Euforia

Salgo a la calle. El sol brilla y poro a poro mi piel despierta al sentir su calor. La gente me sonríe sin razón y yo quisiera devolverles el saludo con un abrazo, pero me contengo. Entonces me congratulo de pertenecer a esta especie, la especie humana, y pienso que somos seres maravillosos. Mis problemas parecen minúsculos, estúpidos. Tengo ganas de cantar y solo me vienen a la mente frases empalagosas de amor. Imagino que soy parte de un videoclip donde alabo al pasto por su verdor y a las flores por su color porque hoy me siento más viva que nunca y el mundo me parece simplemente perfecto.

No me juzguen, sean indulgentes. Estoy en trance causado por sobredosis de serotonina. Es que después de cinco meses de relación enfermiza, de dependencia total con un abrigo de plumas, hoy me siento liberada: la primavera se adelantó.

Estación número cuatro

En mi experiencia como extranjera, me atrevo a decir que son dos los temas medulares que definen el concepto de “patria” entre los habitantes de esta provincia canadiense llamada Quebec: su invierno y su lengua, el francés (la cual cuidan y defienden con una devoción admirable y conmovedora).

Los quebequenses alardean del invierno como esos padres que se jactan del hijo rebelde y caprichoso que los hace batallar: “No tendremos terremotos ni huracanes, pero tenemos el invierno”, me ha dicho más de uno con presunción. Y tienen razón. En estas latitudes, el invierno es el protagonista indiscutible de las cuatro estaciones. Los primeros copos de nieve comienzan a caer a principios de noviembre y los paisajes blancos suelen durar hasta mayo. La matemática no miente: pasamos casi seis meses bajo cero, cubiertos de nieve, con temperaturas promedio de -18ºC (que pueden descender, sin que nadie se sorprenda, hasta los -40ºC).

La vida de este lugar gira en torno a la estación número cuatro. Poco importa la época del año en la que nos encontremos, el invierno siempre está presente en nuestras pláticas y labores cotidianas. Porque si bien esta fase ocupa casi la mitad del calendario, los meses que restan son para reparar los daños invernales o para hacer las labores preventivas del invierno a venir. La agenda escolar, la ejecución de las obras públicas, la temporada de construcción y muchas otras cosas, están planeadas en consecuencia del clima.

Entre noviembre y mayo nuestra cotidianidad está llena de sutilezas fascinantes. Existen al menos unos cinco tipos de palas diferentes para quitar la nieve que se acumula en la entrada de nuestras casas: la pala para nieve nueva y ligera, para la nieve vieja y pesada, para la que ya se hizo hielo o para aquella que es como polvo fino y que aquí le llaman poudrerie. El simple hecho de tratar de quitar la nieve con la herramienta incorrecta fue motivo suficiente para que mi vecino, quien no me había dirigido la palabra en los catorce meses que llevamos habitando en la misma calle, se acercara a darme toda una cátedra y sugerirme que comprara otra pala porque así nunca iba a terminar. Y éste es solo el ejemplo más reciente de otros que podría mencionar.

Ver a los niños quebequenses caminar y jugar con esos trajes de invierno —en ocasiones más pesados y voluminosos que ellos— me hace pensar que esta gente desarrolla habilidades especiales desde la más tierna edad. Caminar y esquiar son dos cosas que se aprenden simultáneamente y es asombrosa la manera en la que una madre puede andar por las banquetas cubiertas de hielo o nieve (y, en ocasiones, empinadas) con una carreola en una mano y un niño y un perro en la otra.

Tal vez parezca irónico pero, si quieren romper el hielo con los quebequenses, háblenles del invierno. Porque para ellos hablar del invierno es hablar de una historia de amor. La canción Mon pays (“Mi país”) de Gilles Vigneault (Natashquan, 1928) se convirtió en el himno no oficial de Quebec en 1964. Su frase inicial: “Mi país no es un país, es el invierno”, lo dice todo. Aquí la letra completa en francés y su traducción al español: