Supersticiones: La libreta nueva

Un viaje largo, una mudanza —sobre todo si es de ciudad o de país—, arrancar un negocio o un nuevo proyecto, el nacimiento de un hijo y, quizás, el de alguno de los nietos, cambiar de trabajo, una nueva vida —en solitario o en pareja—, una pérdida importante, la llegada de enero… Tengo la supersticiosa creencia de que hay eventos que ameritan, por no decir exigen, una libreta nueva.

Prescindir de la libreta nueva en alguno de estos casos es como pasar debajo de una escalera; equivaldría al viernes trece, al espejo roto, al gato negro que se cruza en el camino. Yo no corro el riesgo del pecado de omisión.

Pero ya colados en este intrincado terreno de las confesiones, debo admitir que mi fetichismo en torno a la libreta nueva va todavía más lejos. A ella le he conferido cierto tipo de poderes salvadores: el mismo que algunos adjudican a los rituales de año nuevo o a la limpieza de primavera: al borrón y cuenta nueva, pues. Incluso estoy convencida de que si estamos sumidos en el lóbrego abismo del bloqueo creativo, atrapados en el ir y venir cíclico de una idea que se niega a evolucionar, una libreta nueva nos traerá la luz y nos redimirá. De ese tamaño es mi fe.

Así voy por la vida en busca esos objetos de pasta dura, pasta blanda, verticales o apaisados; en busca de cuadernos de todo tipo de tamaños y colores; de hojas blancas, cuadriculadas; cuadernos a rayas —con margen o sin él— que estarán prestos a ser un discreto cómplice, la media naranja o el orgulloso padrino de una ocasión especial.

Quién puede negar el inmenso placer que produce estrenar una libreta: romper la envoltura transparente mientras el olor del papel se cuela entre las grietas; la sutil doma de las carátulas rebeldes que insisten en contraerse; el crujir, a veces musical, a veces lastimero, de las hojas al separarse una de otra como preludio del ciclo nuevo que está por iniciar. Quién puede resistirse ante la idea redentora del nuevo comienzo, del flamante ciclo sin pasado, de la página uno que solo ve y va para adelante. Quién puede. Yo no.

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Bogotá, primera estampa*

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A Bogotá, el viajero primerizo debería llegar al alba, en paracaídas, y aterrizar directamente sobre el cerro de Monserrate. Que no se extrañe si es recibido por una bruma espesa que lo arropa todo y llena la mirada, porque a medida que el sol sale, el manto blanco se desvanece, y entonces, de un momento a otro, aparece turbiamente, como entre sueños, la fragosa retícula urbana del Distrito Capital.

No culpemos al andante si se siente en el confín de dos vidas paralelas. Con la visión de aquella urdimbre de concreto y de luces que se apagan una a una ante sus ojos, Monserrate, a sus espaldas, se viste de puro bosque con velos de niebla que flotan etéreos, vienen y van. La voz de una ciudad que se espabila abruptamente sin bostezos, se mezcla con soplos de un viento terco y el crujir del teleférico que justo empieza a trabajar.

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La antigua Bacatá al fin despierta: la invitación está hecha. Quizás el visitante decida zambullirse en las calles con todo el furor que la curiosidad alimenta. Como buen andariego, tomará la vía antigua, la de costumbre, la de tradición: aquella escalinata empedrada que, llena de mitos e historias de conquistas y devotos peregrinos, lo llevará peldaño a peldaño al encuentro de una urbe que corre vertiginosamente sin esperar a nadie.

Este viajante no tiene prisa, empero. En un descenso apacible y sosegado se irá sumergiendo en las callejas hasta advertirse engullido por la ciudad. Él, que no conoce mejor oficio que el de flâneur, sabe que sus bolsillos, ahora vacíos, regresarán llenos de las estampas bogotanas que le ponga su camino:

grafitis asombrosos, edificios rojos de tabique aparente, callejones de muros carcomidos, perros sin dueño, olor a café,

casonas blancas, portones de madera, torrentes de autos, vaivenes de gente, mimos y carreras de cuyos, mendigos de mirada triste,

vendedores de flores, vendedores de fruta, vendedores de dulces, olor a almojábana recién hecha, notas de vallenato, claxonazos,

risas de estudiantes entrando a la escuela, llamas que caminan por las calles, ejecutivos trajeados, gente en bicicleta…

Hasta aquí la primera estampa. Nuestro viajero celebra entonces estar al fin en Bogotá. Si levanta la mirada, Monserrate tendrá puesto nuevamente el velo blanco como augurio de la lluvia que momentos después caerá. Retoma el paso y, vagabundo, va por más.

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* Crónica para Límulus.mx, martes 3 de febrero del 2015. Aquí la liga a la publicación original.

Schubert

Mi juguete favorito de niña era un león enorme que llegó envuelto en papel de colores el día de mi cumpleaños número seis. No era un león cualquiera. Solamente la cabeza tenía el tamaño del resto de su cuerpo. Además, portaba con cierta bravura una abundante y despeinada melena negra que era sin duda lo que más me gustaba de su exuberante personalidad.

En esas fechas coleccionaba los tomos de mi primera enciclopedia. Cada número venía acompañado de un acetato de música clásica dedicado a alguno de sus grandes compositores. En la funda del disco aparecía una fotografía y una breve biografía de la celebridad en cuestión. Qué señores más cautivadores iba descubriendo semana a semana. Qué gestos, qué garbo, qué solemnidad. Fue gracias a esta coincidencia que pude encontrar de inmediato el nombre adecuado para mi recién llegado felino: con esa melena y esa gallardía sólo podía llamarse Schubert.

Esta mañana, mientras el cuarteto Mandelring cerraba su función con “La muerte y la doncella” de Franz Schubert, no pude evitar el recuerdo de mi silente y fiel camarada de infancia —mi Schubert— y su formidable mata negra. Así opera la memoria y sus extrañas conexiones: hoy en los corredores de la sala de conciertos mi niña interior salió a jugar.

Extranjera

El lugar ideal para mí es aquel en donde es más natural vivir como extranjero.
Italo Calvino, Eremita a Parigi. Pagine autobiografiche, 1995.

Me gusta ser extranjera. Esa condición me da el privilegio de vivir la cotidianidad con una sana distancia donde nada me salpica o me despeina. Extraña sustracción de un mundo en el que estoy y no estoy. Qué liviana me siento ante el dulce sosiego de saber que nada de esto es mío, que nada de esto me pertenece. Porque los apegos pesan, estorban. Y las raíces demasiado profundas sólo consiguen inmovilizar.

Amo esta tierra forastera precisamente porque nada me ata a ella. Su pasado me conmueve mas no me duele; su futuro no me abruma. Su presente me toca hasta donde yo le permito llegar: mágico cortejo entre dos desconocidos que se dejan sorprender sin expectativas; idilio perfecto que no precisa de pactos con testigos ni promesas de fidelidad.

Agradezco a este suelo por no ser mi patria y por eximirme sin reproche de ciertos protocolos; agradezco también no saberme un soldado más entre sus filas. Puedo pasearme completamente desprovista de héroes, rivalidades y estereotipos heredados saboreando la sutil rebeldía de no pertenecer y la seductora concesión de poder ver sin filtros este territorio y quererlo tal y como es.

Me gusta ser extranjera. De ésas que llegan sin equipaje y sin equipaje se van. Qué gloriosa libertad.

Greco

Sus pisadas ya no suenan como antes. En los últimos dos años, éstas pasaron de un melódico alegretto a un larghissimo lastimero que evocan al sonido del clarión deslizándose sobre la pizarra. Esas blancas extremidades se arrastran sobre el camino trazando nuestro recorrido. A cada paseo, un bosquejo. Sólo basta mirar hacia atrás para descubrirlo. Bosquejos sobre la nieve, sobre la tierra, sobre el follaje; también sobre el asfalto donde últimamente dejaba trazos rojos de sangre hasta que decidimos que no más caminatas sobre el asfalto, no más.

El viento nos obliga a ir despacio, nos recuerda que hoy no hay prisa. Un olor familiar me remonta a nuestros primeros paseos en estas tierras tan lejanas de todo y de todos pero que con los años hemos hecho casi nuestras. Me pregunto si él conoce la nostalgia con la misma intriga con la que he intentado descifrar sus gestos durante catorce años. Apenas puede con su cadera que sólo habla de vejez, pero el brío es el mismo y el talante curioso y resuelto sigue ahí. A los pocos metros se detiene. Se toma el tiempo a sorbitos, olisquea a su alrededor. Yo me pongo en cuclillas para masajear sus patas delanteras. Sé que duele pero no hay queja, solo lame mi mano pidiendo delicadeza con delicadeza. Intento decir algo pero entonces se levanta decidido y seguimos dibujando nuestro andar.

Podríamos caminar esta vereda a ojos cerrados. Lo único que ha cambiado es el tiempo que nos toma recorrerla. Conocemos cada metro con todas sus variantes según la estación del año. La hemos visto marchitarse, cubrirse de blanco y luego reverdecer. Hemos errado tantas veces por aquí que cada sonido, cada olor y cada textura nos pertenecen por derecho propio. Porque sabemos que el crujido de la hojarasca otoñal no es el mismo en septiembre que en noviembre; que la nieve nueva no se siente igual que la nieve vieja; que el río en verano susurra, en invierno crepita y en primavera vocifera. En esta mañana de abril, casi mayo, aún hay tulipanes. Y todos se mecen para decir adiós.

Al fin llegamos a la pequeña playa en la ribera, nuestro rincón preferido. Aquí hacemos lo que más nos gusta: yo, leer; él, nadar, aunque hace meses que no lo hace más. Un día casi se ahoga. Yo me percaté al oírlo chillar. Corrí a la orilla a esperarlo, el corazón se me salía. Tardó mucho tiempo en acercarse, salió temblando del agua. Ambos regresamos a casa cabizbajos, sabíamos que ésa había sido la última vez. A partir de esa ocasión se limitaba a sentarse sobre la arena a contemplar hipnotizado las aguas del San Lorenzo. A veces emitía un ligero lloriqueo, a veces mirar parecía bastarle.

Hoy la marea está baja, cosa rara en tiempo de deshielo. Hace apenas unas semanas que el río ha vuelto a su estado líquido, todavía quedan un par de bloques de hielo que mañana ya no estarán. Permanezco de pie sobre la arena, él se sienta con dificultad. No hay nada que decir, hasta el viento ha callado. Lo abrazo fuerte y duele tanto, sé que al soltarlo debo dejarlo ir. Me incorporo y apenas puedo decir “go”. Entonces él se levanta y con todas sus fuerzas corre, corre, corre, de nuevo joven, a encontrarse con el agua en un chapuzón arrebatado, como antes, como siempre.

Nada feliz, Greco, amigo mío. Y espérame en la otra orilla.

Maratón

Escucharás un disparo, tu corazón latirá fuerte, inspirarás profundamente. La inercia de la multitud te arrastrará. Cruzarás la línea de salida: el tiempo oficialmente empezará a contar. Los gritos de la gente aturdirán. Cada pisada pesará. Intentarás dominar tu cuerpo torpe y rígido. Te concentrarás en inhalar a buen ritmo, en controlar tu cadencia, en cuidar tu postura. Otros corredores pasarán a un lado dejándote atrás, eso te intimidará. Mirarás el reloj casi cada minuto; sentirás la adrenalina recorriendo tu cuerpo. Esto apenas comienza, cavilarás.

La gente seguirá vitoreando pero sus gritos se volverán un lejano eco que apenas escucharás. El panorama te distraerá. Verificarás de repente tus pulsaciones o quizá tu posición. Poco a poco irás aflojando los brazos, olvidarás tu respiración. Llamará tu atención aquella señora que aplaude en pijama desde su puerta. Sonreirás. Repararás en la camiseta de la chica de enfrente apoyando a los enfermos de linfoma, en la bandera colgando en la espalda del corredor a tu derecha, en el nombre escrito con plumón rojo en el brazo de otro competidor más allá. Todos corren por una causa, supondrás.

El paisaje sutilmente devendrá una fotografía borrosa. Apenas sentirás las gotas de sudor cayendo del pliegue de tus brazos. La línea del tiempo te jalará caprichosamente hacia atrás y hacia adelante. Visitarás a la abuela quien te recibirá entre besos y estrujones, como siempre lo hizo. Tal vez llegarás a aquella aula en la que a escondidas te robaron tu primer beso. Irás al jardín de tu infancia a jugar con tus hermanos y ese perro al que perseguían descalzos entre gritos y risas. Aterrizarás en Lisboa y casi podrás sentir el olor de los pastéis de Belém. Te encontrarás sentado ante la chimenea reviviendo una escena con esos amigos a quienes no has vuelto a ver desde esa tarde. Buscarás solución al problema que te tiene inquieto. Recordarás súbitamente el nombre de la película que quisiste recomendar días antes y que simplemente no lograste mencionar. Te harás preguntas, muchas, sobre tu vida, sobre ti. Posiblemente concluirás que es hora de tomar otro riesgo porque en ese momento te sentirás poderoso, invencible. Aparecerá, como ráfaga y de manera desordenada, la memoria de las fiestas de la universidad, alguna mudanza, caminatas por la playa, amistades entrañables, promesas, miradas, roces, adioses.

El calor te traerá de vuelta. Sentirás sed. Tus ojos buscarán el próximo tramo con sombra y no lo encontrarán. Notarás que has bajado tu velocidad. Intentarás acelerar, recuperar la cadencia perdida. Tus piernas se rebelarán. A ellas les seguirán tu mente y tu voluntad. Juzgarás que todo eso no fue buena idea y que en ese momento estarías desayunando cómodamente en casa. Intentarás sacar la cuenta de todos los libros que ya hubieras leído en tantas horas de entrenamiento. Enumerarás las ocasiones que dijiste que no a los eventos sociales, las veces que fuiste el primero en abandonar la fiesta, los manjares a los que tuviste que renunciar. Te preguntarás una y otra vez qué demonios haces ahí mientras el calor aumenta y el cansancio empieza a hacer mella. Bienvenido al muro de los treinta kilómetros, augurarás.

Verás otros corredores —aparentemente en forma— detenerse a caminar. Algunos comenzarán a abandonar. Temerás ser el próximo y buscarás un aliciente: llegar al poste de luz, después al siguiente y así sucesivamente. En la banqueta un niño sostendrá un cartel: “No aflojes. Tú puedes”, y tú pensarás que ya no puedes, pero te negarás a parar. Habrá algo dentro de ti que te mantendrá corriendo y te dejarás llevar.

La pancarta avisando que faltan cinco kilómetros al fin arribará. La cantidad de gente en las calles aumentará junto con la rigidez de tus cuádriceps y pantorrillas. Intentarás hacer un esfuerzo adicional y acelerarás. Todo tu cuerpo se defenderá. Jadearás. Sabrás que ya no tienes fuerzas pero aun te quedará voluntad. La muchedumbre aplaudirá, levantará los pulgares; apenas lo advertirás.

Y, de pronto, la meta emergerá. Un escalofrío invadirá tu cuerpo y todo lo demás se esfumará: solo atenderás esa línea de llegada, el final del trayecto. El último tramo te parecerá tan largo que por un instante dudarás si sigues avanzando o si tus piernas decidieron parar. Gritos, música, globos de colores y ese arco proclamando que llevas más de cuatro horas corriendo. Extenderás los brazos, cruzarás la meta. Te sentirás un héroe, lo serás. Habrá lágrimas en tus ojos y un golpeteo en tu pecho que difícilmente podrás ignorar. Cuarenta y dos punto dos kilómetros, todo terminará. Te dolerán las piernas, estarás molido, acabarás exhausto. Y aun así, al día siguiente solo pensarás en volverte a poner esos tenis y hacerlo una vez más.

Siempre Malinalco

¿Qué tienen en común Madredeus y un pueblo recóndito en el Estado de México? Seguramente nada pero la voz de Teresa Salgueiro me transporta irremediablemente a Malinalco, uno de mis rincones favoritos y lugar al que va mi mente cuando busca refugio, como niño tras la falda de su madre.

Los libros de historia dicen que Malinalco se remonta a épocas prehispánicas y que fue ocupado por las culturas teotihuacana, tolteca, matlazintla y azteca. Allí se encuentra el Cuauhcalli (o “Casa de las águilas y los tigres”), uno de los pocos edificios monolíticos del mundo -único en América- donde se iniciaban los caballeros águila como guerreros aztecas. Estos caballeros, después de subir 13 niveles y 354 escalones, llegaban a las puertas del Mictlan o inframundo y, tras entrar y realizar toda una serie de ceremonias y rituales, regresaban al mundo de los vivos convertidos en los legendarios guerreros de los ejércitos aztecas.

Me gusta pensar que la sangre llama y que fue la sangre azteca que corre por mis venas la que me llevó hasta allí. Empaqué veintiún años en una maleta e hice de Malinalco mi hogar. Llegué como quien regresa a casa después de una larga ausencia y es ahí, en ese pueblo de brujos y chamanes, a las faldas del Cerro de los Ídolos, donde me inicié como guerrera.  Subí 13 niveles y 354 escalones y entré por las puertas del Mictlan para después volver al mundo de los vivos a librar mis propias batallas.

Dicen que Malinalco es un pueblo mágico, místico; tal vez sea verdad. Para mí, es un punto en el mapa de mi vida que marca un parteaguas. Y no importa cuál sea la contienda, Malinalco será la trinchera a la que corra buscando cobijo transportada por el fado de Madredeus y escoltada por el espíritu de los caballeros águila, guerreros como yo.

Siempre es otra la que regresa

Después de haber empacado sus apegos en un par de maletas, después que le preguntaran si realmente sabía lo que estaba haciendo, después de dejar a sus padres con la mirada triste y el corazón hecho añicos, después de subirse al avión con un nudo de emoción en el estómago y un nudo de tensión en la espalda, después que los agentes aduanales le revisaran hasta la conciencia, después de sentarse junto al río y preguntar si estaba soñando o si todo eso era verdad, después de aguantar estoica el rigor de los prejuicios, después que le preguntaran si su familia era azteca o maya, después de llorar de melancolía en medio de la ducha, después que unos extraños en la calle le dijeran calurosamente bienvenue chez-nous*, después de invitar una botella de vino a las chicas que platicaban y reían en la mesa de al lado solo porque le recordaron a sus amigas que –a miles de kilómetros– repetían la misma escena, después de hacer bromas y reír sola, después que la terapeuta le embarrara en la cara la palabra desarraigo por meses, después de subirse a unos esquís y terminar con las piernas moradas y el ego fracturado, después de haber dormido bajo el cielo más estrellado de su vida, después de haber dado explicaciones acerca de su acento, su origen y lo que la trajo hasta aquí, después de resbalar en el hielo y deslizarse en la nieve, después de despertar con la sirena de un barco y salir corriendo como niña a buscarlo, después de regresar a casa agotada mentalmente por intentar seguir el hilo de la conversación, después de tardes de lectura en la ribera, con el sol en la cara y la sombra del roble jugando en su espalda,  después de vivir de lejos el cáncer de su mejor amigo y la muerte de su abuela, después de toparse, justo en la puerta de su casa, con un imponente zorro rojo, después de haberse enamorado de un puente viejo y oxidado, después de intentar saltar la barrera cultural y tropezar, después de subirse a los esquís y finalmente lograr mantenerse de pie, después de hacerse inmune a la palabra “extranjera”, después de escribir páginas enteras de un diario al que no sabrá qué hacerle después, después de conocer la tundra y sentirse conmovida ante esa inmensidad, después de darse cuenta que nadie ha jugado con sus sentimientos como lo hace el clima de esta ciudad, después de hacer una broma y (¡milagro!) escuchar la risa espontánea de los demás, después de correr por el bosque hasta que las piernas no dieran más, después de darse cuenta que en su armario no había más espacio para guardar tantas nostalgias y valientemente deshacerse de algunas de ellas, después de encontrar vestigios de perfección en un helado de maple, en un paseo en kayak, en la flor del tulipán, después de hacer del río un cómplice –para bien o para mal–, después de poner a prueba al amor de su vida, después de quedarse sin aliento tras ver una aurora boreal, después de haberse preguntado a qué hora empezará a llamar a esto “hogar”, después de despertar un día y no recordar más por qué se fue, después de haberse acostumbrado a que le llamen por un nombre que no suena como su nombre, a que la gente frunza el ceño cuando ella habla, a los menos treinta grados centígrados, a que le corrijan deux y douze, después de darse cuenta que el destierro trae destiempo, después –solo después de todo esto y algunas cosas más– es capaz de responder cuando preguntan por aquella que se fue: siempre es otra la que regresa.

 

*”Bienvenida a casa”.

Llegadas / Arrivals / Arrivées

Llegué una hora antes de lo previsto. Debía conducir casi trescientos kilómetros desde Quebec, entrar a Montreal en hora pico de un viernes de verano y cruzar la ciudad para dirigirme al aeropuerto. Por ningún motivo quería llegar tarde, así que planeé mi día y mis desplazamientos considerando el peor escenario posible y para mi tranquilidad, las cosas se dieron mejor de lo que esperaba.

El punto es que ahí estaba yo, sesenta minutos antes, en la sala de llegadas del Pierre-Elliott-Trudeau. Me pareció raro que la sala estuviera casi vacía pero eso me permitió ocupar una banca con ubicación estratégica entre el monitor de registro de aterrizajes y la puerta de salida de viajeros. Estuve leyendo por un rato. Recuerdo bien que leía Mujeres que viajan solas de José Ovejero porque iba a recoger a mi madre, quien viajaba sola, y me pareció una curiosa coincidencia. En pocos minutos la sala se fue llenando de voces, así que guardé a Ovejero y me dispuse a observar. Me gusta mirar a las personas. Me gusta ver sus gestos, cómo se mueven, cómo visten. A veces juego a adivinar sus historias: ocupación, estado civil y de vez en cuando, solo por diversión, algún detalle sórdido. Puedo pasar horas haciéndolo y creo que los aeropuertos son el sitio perfecto para ello porque esas salas de llegadas son como ciertos sitios sagrados que tienen una vibra especial, una energía diferente producto de todas las emociones que ahí se generan y se quedan flotando sin que nos demos cuenta. ¿Cuáles son las anécdotas escondidas entre todas esas maletas, detrás de este vasto catálogo de gente? ¿Adónde va esta muchedumbre y por qué?

Observaba a la pareja que estaba sentada frente a mí cuando dos hombres -un cincuentón y un adolescente- y una mujer mayor ocuparon mi campo visual. Tres generaciones: madre, hijo y nieto. El cincuentón hablaba en francés con el hijo y en rumano con la madre; la abuela se dirigía a ambos en rumano y el adolescente les respondía en un perfecto francés québécois: una escena típica de una familia de inmigrantes y que se puede ver todos los días en una ciudad como Montreal. La mujer estaba visiblemente nerviosa y hablaba poco. La escuché hacer dos preguntas solamente; la primera vez, el hijo consultó el registro de llegadas y la segunda, el nieto miró su reloj de pulsera y movió la cabeza en señal negativa. A los pocos minutos, el monitor anunció el aterrizaje de un vuelo procedente de París y el adolescente dijo “C’est arrivé” (“Ha llegado”) apretando el hombro de su abuela. La señora, impecable, vestía una falda azul hasta las rodillas y un suéter blanco de botones. Los zapatos nuevos eran del mismo tono café que su desgastado bolso de mano. Una gargantilla de oro colgaba de su cuello y en sus orejas, unos aretes pequeños del mismo material. La visualicé planeando su atuendo con esmero, buscando los zapatos que hicieran juego con el bolso y la imagen me conmovió. Algo me decía que se trataba de una ocasión especial.

La señora miraba fijamente hacia la puerta por donde salían los viajeros, yo la miraba a ella. Apenas parpadeaba. En un par de ocasiones se puso de puntillas para ver mejor. De repente, abrió los ojos y se llevó la mano a la boca en señal de admiración. Del otro lado, una mujer -mismo gálibo, misma edad- repetía el ademán. La viajera se aproximaba lentamente y, cuando estaba a un par de metros de la señora de falda azul, soltó su equipaje y extendió los brazos. Pensé que iban a estrecharse pero no fue así. Se acercaron poco a poco, sin prisa, y se empezaron a tocar. Tocaban sus caras, sus manos, sus cabellos. Se reconocían palpando la nariz, las orejas, la boca de la otra. Entonces se abrazaron y soltaron en un llanto discreto, silencioso, sin drama. Los dos hombres miraban de lejos, todos los demás éramos unos intrusos. Sentí impotencia, casi enojo, por la gente que pasaba apresurada, moviéndose torpemente con sus valijas pesadas y escandalosas sin percatarse de que ese momento era solo de ellas. La sala se llenó y entre toda esa vorágine las perdí de vista.

Al poco rato volvió la calma. Las busqué con la mirada pero ellas habían desaparecido. La pantalla de aterrizajes indicaba que el vuelo que estaba esperando había tocado tierra minutos atrás. Tomé mi bolso, me acerqué a la valla. Mi madre cruzó la puerta y yo corrí a recibirla. Nos saludamos con un beso y un abrazo largo. Después de nuestro protocolo de bienvenida tomé su maleta y, al dirigirnos hacia la puerta de salida, noté que alguien nos observaba y sonreía.

Euforia

Salgo a la calle. El sol brilla y poro a poro mi piel despierta al sentir su calor. La gente me sonríe sin razón y yo quisiera devolverles el saludo con un abrazo, pero me contengo. Entonces me congratulo de pertenecer a esta especie, la especie humana, y pienso que somos seres maravillosos. Mis problemas parecen minúsculos, estúpidos. Tengo ganas de cantar y solo me vienen a la mente frases empalagosas de amor. Imagino que soy parte de un videoclip donde alabo al pasto por su verdor y a las flores por su color porque hoy me siento más viva que nunca y el mundo me parece simplemente perfecto.

No me juzguen, sean indulgentes. Estoy en trance causado por sobredosis de serotonina. Es que después de cinco meses de relación enfermiza, de dependencia total con un abrigo de plumas, hoy me siento liberada: la primavera se adelantó.