Haz algo, que la vida se te va

Se levanta con la mandíbula trabada, le duelen los dientes. Camina al baño arrastrando los pies, la sombra, la moral. El agua de la ducha se lleva a medias el letargo pero no todo lo demás. Se busca en el espejo. No se encuentra. Toma el maquillaje, lo mira y lo deja: nada cubrirá.

Haz algo, que ya es tarde.

A punto de salir, una pausa. Un poco de jugo, los restos de anoche, los restos de sí. Toma una manzana —que sean dos— para llevar. Busca en el bolso. Llaves, teléfono, billetera: no olvida nada. Afuera, el clima gris, como el mercurio del termómetro que cada día baja más. Acaricia al perro. Revisa las luces. Pone el cerrojo.

Haz algo, que no llegas.

El trayecto es un paseo frío en blanco y negro. Andar en hielo, nieve espesa; perder el equilibrio y resbalar. El equilibrio, qué ironía: ¿el equilibrio qué será? Se detiene en el comercio de una esquina. Husmea, observa. La vitrina sin respuesta, su reflejo ahí no está. Al fin llega: la oficina, la rutina. Va de nuevo: buenos días. En su mesa, a la derecha: café negro, bien amargo. A la izquierda, los pendientes, impacientes, no dan tregua.

Haz algo, que no acabas.

Papel calca, portaminas. ¿Adónde vas con todo esto? Escalímetro, pluma fuente. Parece que trazas tu mapa mental. El jefe, al teléfono, la hipnotiza: solo habla del deadline. El día pasa sin altos ni bajos, hoy no habrá nada que recordar. Apaga el monitor al caer la tarde: en el destello, se asoma ella. Se deja ver, desaparece. Oye tú, tenemos que hablar. En la calle el periplo vespertino: supermercado, tintorería. A lo que vienes, mamacita. En casa aguarda un perro inquieto, una pila de trastes sucios y un montón de nostalgias que no sabe dónde guardar. Pasea al perro, lava los trastes; las nostalgias, otro día.

Haz algo, que la vida se te va.

Viene la noche, el almanaque pierde una hoja más. En el espejo se busca de nuevo. Al fin te veo, ahí estás. El reflejo hace una seña, ella se acerca. No dudes, ven, acércate más. Entonces, del cristal emerge, poco a poco, una voz, un susurro que le dice:

Con calma, que ya es tarde.

Con calma, que no llegas.

Con calma, que no acabas.

Con calma, que la vida se te va

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Estación número cuatro

En mi experiencia como extranjera, me atrevo a decir que son dos los temas medulares que definen el concepto de “patria” entre los habitantes de esta provincia canadiense llamada Quebec: su invierno y su lengua, el francés (la cual cuidan y defienden con una devoción admirable y conmovedora).

Los quebequenses alardean del invierno como esos padres que se jactan del hijo rebelde y caprichoso que los hace batallar: “No tendremos terremotos ni huracanes, pero tenemos el invierno”, me ha dicho más de uno con presunción. Y tienen razón. En estas latitudes, el invierno es el protagonista indiscutible de las cuatro estaciones. Los primeros copos de nieve comienzan a caer a principios de noviembre y los paisajes blancos suelen durar hasta mayo. La matemática no miente: pasamos casi seis meses bajo cero, cubiertos de nieve, con temperaturas promedio de -18ºC (que pueden descender, sin que nadie se sorprenda, hasta los -40ºC).

La vida de este lugar gira en torno a la estación número cuatro. Poco importa la época del año en la que nos encontremos, el invierno siempre está presente en nuestras pláticas y labores cotidianas. Porque si bien esta fase ocupa casi la mitad del calendario, los meses que restan son para reparar los daños invernales o para hacer las labores preventivas del invierno a venir. La agenda escolar, la ejecución de las obras públicas, la temporada de construcción y muchas otras cosas, están planeadas en consecuencia del clima.

Entre noviembre y mayo nuestra cotidianidad está llena de sutilezas fascinantes. Existen al menos unos cinco tipos de palas diferentes para quitar la nieve que se acumula en la entrada de nuestras casas: la pala para nieve nueva y ligera, para la nieve vieja y pesada, para la que ya se hizo hielo o para aquella que es como polvo fino y que aquí le llaman poudrerie. El simple hecho de tratar de quitar la nieve con la herramienta incorrecta fue motivo suficiente para que mi vecino, quien no me había dirigido la palabra en los catorce meses que llevamos habitando en la misma calle, se acercara a darme toda una cátedra y sugerirme que comprara otra pala porque así nunca iba a terminar. Y éste es solo el ejemplo más reciente de otros que podría mencionar.

Ver a los niños quebequenses caminar y jugar con esos trajes de invierno —en ocasiones más pesados y voluminosos que ellos— me hace pensar que esta gente desarrolla habilidades especiales desde la más tierna edad. Caminar y esquiar son dos cosas que se aprenden simultáneamente y es asombrosa la manera en la que una madre puede andar por las banquetas cubiertas de hielo o nieve (y, en ocasiones, empinadas) con una carreola en una mano y un niño y un perro en la otra.

Tal vez parezca irónico pero, si quieren romper el hielo con los quebequenses, háblenles del invierno. Porque para ellos hablar del invierno es hablar de una historia de amor. La canción Mon pays (“Mi país”) de Gilles Vigneault (Natashquan, 1928) se convirtió en el himno no oficial de Quebec en 1964. Su frase inicial: “Mi país no es un país, es el invierno”, lo dice todo. Aquí la letra completa en francés y su traducción al español: