Siempre Malinalco

¿Qué tienen en común Madredeus y un pueblo recóndito en el Estado de México? Seguramente nada pero la voz de Teresa Salgueiro me transporta irremediablemente a Malinalco, uno de mis rincones favoritos y lugar al que va mi mente cuando busca refugio, como niño tras la falda de su madre.

Los libros de historia dicen que Malinalco se remonta a épocas prehispánicas y que fue ocupado por las culturas teotihuacana, tolteca, matlazintla y azteca. Allí se encuentra el Cuauhcalli (o “Casa de las águilas y los tigres”), uno de los pocos edificios monolíticos del mundo -único en América- donde se iniciaban los caballeros águila como guerreros aztecas. Estos caballeros, después de subir 13 niveles y 354 escalones, llegaban a las puertas del Mictlan o inframundo y, tras entrar y realizar toda una serie de ceremonias y rituales, regresaban al mundo de los vivos convertidos en los legendarios guerreros de los ejércitos aztecas.

Me gusta pensar que la sangre llama y que fue la sangre azteca que corre por mis venas la que me llevó hasta allí. Empaqué veintiún años en una maleta e hice de Malinalco mi hogar. Llegué como quien regresa a casa después de una larga ausencia y es ahí, en ese pueblo de brujos y chamanes, a las faldas del Cerro de los Ídolos, donde me inicié como guerrera.  Subí 13 niveles y 354 escalones y entré por las puertas del Mictlan para después volver al mundo de los vivos a librar mis propias batallas.

Dicen que Malinalco es un pueblo mágico, místico; tal vez sea verdad. Para mí, es un punto en el mapa de mi vida que marca un parteaguas. Y no importa cuál sea la contienda, Malinalco será la trinchera a la que corra buscando cobijo transportada por el fado de Madredeus y escoltada por el espíritu de los caballeros águila, guerreros como yo.

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Réntame tu cerebro

para Leopoldo (1937-2012), mi sensei.

No me dio el nombre de la calle ni el número civil, solo la instrucción de preguntar por El Tecorral al llegar a Malinalco. No hubo pierde. Después de cinco horas de viaje, dos camiones y dos taxis, al fin llegaba a mi destino. Fue él quien abrió la puerta. No pude evitar mirar de reojo la campana que traía en la mano, “es original tibetana” me dijo al notarlo. Después de preguntar por mi viaje me hizo sentar en la silla del vestíbulo, me pidió que cerrara los ojos y me relajara con los pies tocando el piso y las manos sobre las rodillas. De un golpe puso a sonar la campana y mientras retumbaba iba frotando la boca de la misma con un palo de madera. Abrí los ojos cuando sobrevino el silencio, él me miraba sonriendo con satisfacción. Así nos conocimos.

Semanas más tarde, me encontraba de vuelta en El Tecorral con veintiún años empacados en una maleta. Esta vez mis padres me condujeron hasta la puerta. Cuando se fueron, me sorprendió ver que Polo lloraba. Me dijo que estaba conmovido por mis padres, por el amor con el que me dejaban partir. Pasaron años antes de darme cuenta de que ese día, ese justo momento donde me despedía de ellos con un beso, ha sido un parteaguas en mi vida. Él lo vio en el instante, sabía bien lo que estaba atestiguando, y así nos hicimos cómplices.

Trabajar con él fue un privilegio. Era un tipo creativo y rebelde al que le gustaba experimentar e ir en contra de la corriente. Nuestras sesiones laborales eran tan enriquecedoras como las charlas que se suscitaban al finalizar la jornada. Platicábamos de arquitectura, de libros, de perros, de la vida en general. Hablaba conmigo sin tapujos y constantemente cuestionaba mis razonamientos. Yo, como siempre, hacía muchas preguntas y debo admitir que sus respuestas ponían mi mundo de cabeza, abriéndome los ojos a una perspectiva que en ese entonces no era capaz de ver. Su percepción cambió la mía, y así se convirtió en mi sensei.

Años ya de esas tardes de mutuas confidencias. Desde entonces mi vida ha dado giros llevándome a sitios y situaciones que jamás imaginé, pero debo decir que sus palabras siguen vigentes, sonando de vez en cuando en mi mente y dando respuesta a algunas de mis múltiples preguntas. No pudimos despedirnos, supongo que así tenía que ser. Los protocolos no eran de su agrado, mucho menos los rituales cursis como las ceremonias del adiós. Yo me quedo con aquel Leopoldo -siempre joven- quien, ante una buena idea o un comentario sagaz, brincaba de la silla y me decía con esa inconfundible voz ronca: “Sandrita, réntame tu cerebro”.