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Palabras compartidas durante la inauguración del MX Street Photo Fest

Estas últimas semanas han sido un torbellino.
Estuve algo ausente porque esta siempre es la época más intensa de mi año. Entre viajes, clases, asignaciones y los proyectos que me hacen latir más fuerte el corazón, apenas tuve un momento para respirar.
Y aun así, hace unas semanas tuve el privilegio de desacelerar por una razón muy especial.
Fui invitada a la ceremonia de inauguración del MX Street Photo Fest, donde también tuve la oportunidad de compartir unas palabras. Fue una gran noche, llena de rostros conocidos, conversaciones nuevas y esa electricidad compartida que solo ocurre cuando una comunidad se reúne alrededor de una pasión común: la fotografía.
Después de la ceremonia, varias personas se acercaron a decirme cuánto resonaron en ellas mis palabras, y algunas me pidieron que las publicara en algún lugar. Así que ahora que por fin encuentro un poco de calma, regreso para compartir ese texto con ustedes.
Aquí está el discurso que leí esa noche.

Buenas tardes a todas y todos.
Me da mucho gusto estar aquí, en Querétaro, celebrando este encuentro que nace del deseo de mirar. Porque mirar —de verdad mirar— es una forma de estar en el mundo. Y en tiempos donde todo parece fugaz, detenerse a mirar es casi un acto de resistencia.
La fotografía de calle ha sido, desde sus orígenes, un territorio libre. No pertenece del todo al arte ni al periodismo, ni al documento ni a la poesía, y quizá por eso tiene algo profundamente humano: no obedece a nadie. Surge de la curiosidad, del impulso, del deseo de entender quiénes somos cuando nos cruzamos en la calle. Y en ese espacio incierto, tan impredecible como la propia vida, ocurre la magia.
Salir a fotografiar la calle es aceptar que el mundo no nos pertenece. Es enfrentarse a la vida en su estado más puro: impredecible, caótica, luminosa. Es un acto de humildad —porque quien fotografía la calle no impone su historia: la escucha—, y también un acto de fe, porque confía en que algo, en medio del ruido, le hablará.
La fotografía de calle nos recuerda algo esencial: que lo cotidiano no es menor, que lo común no es trivial. Que en cada esquina, en cada gesto anónimo, se esconde una historia que vale la pena mirar.

Por eso, festivales como este son tan necesarios. Porque no solo crean espacios de encuentro, sino que también defienden el valor de mirar. Nos recuerdan que la fotografía no se trata solo de exponer imágenes, sino de construir comunidad, de dialogar, de volver a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos.
En un mundo saturado de pantallas, donde las imágenes se consumen y se olvidan, este fin de semana venimos a detenernos. A mirar con tiempo. A intercambiar con otros.
La fotografía de calle no busca aplausos ni certezas: busca presencia. Y en esa presencia nos encontramos todos —fotógrafos, transeúntes, espectadores— unidos por una misma curiosidad: la de comprender lo que somos a través de lo que vemos.
Quizá esa sea la misión más profunda de la fotografía: recordarnos que todavía somos capaces de mirarnos.
Hoy celebramos esa posibilidad. Celebramos la calle como escenario y como espejo. Celebramos a quienes se atreven a salir con una cámara, no para atrapar el mundo, sino para dialogar con él. Y celebramos este festival como un acto de resistencia luminosa: el de seguir creyendo que mirar puede transformar y unir, que mirar aún importa.
Y mientras haya alguien dispuesto a mirar con curiosidad y con ternura, la fotografía seguirá viva.

Pd. Incluyo aquí algunas fotografías que he hecho recientemente en Oaxaca y en Ciudad de México — pequeñas huellas de lo que he ido viendo durante mi ausencia.