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Hay una foto de un hombre que mira el piso.

Está de pie frente a las cámaras de la FIFA, en un set montado para fabricar rostros: la misma luz para todos, el mismo fondo, el mismo encuadre. A su alrededor los otros entrenadores sonríen, cruzan los brazos, ensayan la versión de sí mismos que va a caber en una estampa, en un rótulo, en una figurita que un niño va a pegar en un álbum. Él mira el piso. Tiene setenta años, dirige a Uruguay, va a su tercer Mundial y no piensa levantar la vista.

Días después, tras un empate deslucido, una periodista le pregunta por qué. Se molesta. Dice que no tiene que dar explicaciones, que le sacaron la foto como se la sacaron, que no es modelo. La frase es buena y es verdadera y no sirve de nada.

No sirve de nada porque su negativa no lo dejó afuera. Al contrario. La cara que se negó a entregar terminó siendo la más repartida del torneo. Meme, captura, comentario. Poné un poco de alegría, Marcelo. La máquina que él quiso desairar digirió su desaire con más apetito del que habría tenido por una sonrisa. Resulta que no hay afuera. Una cara que se niega también se lee, y a veces se lee mejor, porque la negativa se confunde con carácter y el carácter se vende solo.

Lo que me interesa de esto no es el fútbol. El fútbol me da igual, y de la FIFA pienso lo que piensa cualquiera que haya mirado de cerca cómo se reparte el dinero del mundo. Lo que me interesa es la pregunta que el hombre del piso deja sobre la mesa sin querer. No la de la foto posada contra la foto honesta, que es una pregunta vieja y resuelta. Otra, más incómoda: quién tiene derecho a decidir cómo se va a leer una cara.

Porque de eso vivo yo.

Desde hace un tiempo fotografío a una mujer. Se llama Chelo. He ido a verla varias veces y voy a seguir yendo, porque lo que hacemos juntas no ha terminado. Las primeras veces me miraba mucho. No posaba, nunca posó, siempre fue de una naturalidad que no se finge. Pero me miraba. Estaba pendiente de mí, de la cámara, de la cosa que las dos estábamos montando entre nosotras. Y mis fotos del principio no servían.

Sirvieron después, cuando dejó de mirarme. Cuando se olvidó de que yo estaba ahí con un aparato apuntándole, o cuando dejó de importarle, que para el caso es lo mismo. Ahí la vi. Ahí, diría yo si quisiera quedar bien, la vi de verdad, vi su ser con claridad, hice por fin una foto auténtica.

Es una frase bonita. Desconfío de ella.

Desconfío porque esa mirada que yo tomaba por interferencia era, en realidad, lo único que Chelo controlaba. Mientras me miraba estaba despierta, presente, decidiendo en tiempo real qué me daba y qué no. Su conciencia de la cámara era su guardia. La parte de ella que todavía elegía. Cuando bajó la guardia yo no recibí un regalo. Coseché algo que ella había dejado de sostener. Vi más, sí. Y tomé más. Las dos cosas son la misma cosa, y llevo años fingiendo que no.

El hombre que mira el piso nunca se olvida de la cámara. Mira el piso porque está hiperconsciente de ella, porque la tiene clavada en la nuca, porque a los setenta años decidió que no va a entregar el descuido que todos le piden. Es el que se niega a darme lo que busco. Chelo me lo dio sin saber que lo daba. Y buena parte de lo que valoro en la fotografía depende de ese no saber.

Entonces tengo que decirlo, aunque preferiría no hacerlo. Lo que yo hago en años no es del todo lo contrario de lo que la FIFA hace en segundos. Me dije durante mucho tiempo que sí lo era, que la diferencia entre lo que hago y lo que hace esa máquina de figuritas es el tiempo, la confianza, el acceso que no se obtiene sino que se construye. Y es verdad que se construye. Pero construir confianza también construye la condición para que alguien baje la guardia delante de mí. La FIFA toma de frente, por protocolo, en segundos, y por eso se la ve tomar. Yo trabajo más despacio. Espero. Vuelvo. Con el tiempo, la gente deja de actuar para la cámara y aparece otra cosa. Durante años tomé esa aparición como prueba de que mi práctica pertenecía a otra categoría moral. Ya no sé si eso era cierto. Lo que no cambia entre la FIFA y yo es que las dos dependemos de que una cara se vuelva legible. Lo que cambia es si ella dijo que sí.

No tengo una moral que ofrecer al final de esto. No voy a dejar la cámara, no creo que fotografiar sea robar y ya está, no creo que Chelo haya sido víctima de nada. Le tengo cariño, confío en ella, ella confía en mí, y las fotos que hemos hecho juntas son honestas en el único sentido que me importa: no mienten sobre quién es. Todo eso es cierto.

Y aun así. Chelo dijo que sí a la cámara. Al descuido, no: al descuido nadie dice que sí, se entrega sin querer, y yo estaba ahí para recogerlo. La cara más honesta que tengo de ella es la de ese momento, y la tengo porque confió en mí lo bastante como para dejar de cuidarse.

El hombre que mira el piso no confía así en nadie, y por eso conserva su cara entera. No sé si es más lúcido o solo más solo. Yo prefiero las caras que se aflojan: sigo volviendo, sigo esperando el instante en que la guardia cae. Nada de lo que siento por Chelo me devuelve la inocencia.

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