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Reflexiones de fin de año

Durante la mayor parte de mi vida he estado en movimiento.
No siempre de manera física, pero sí en mi interior: pensando en lo que sigue, con la mirada puesta en el horizonte, imaginando otro lugar, otra forma de vivir. Moverme me resultaba natural. Irme, familiar.
He vivido en distintos países. Me he mudado más veces de las que puedo contar con facilidad. El cambio se volvió algo que sabía hacer bien. Durante mucho tiempo, quedarme se sentía menos como una decisión y más como una pausa entre una salida y la siguiente.
Este año me pidió otra cosa.
Hubo duelos, en más de un sentido, y con ellos una sacudida silenciosa. De esas que no exigen explicaciones, solo presencia. Duelos por lo que se perdió y por aquello que ya no podía sostenerse. Momentos que reordenan lo importante y despojan algunas certezas. También hubo amor: más profundo, elegido de nuevo, permitido ocupar su lugar en lo cotidiano.
En lo profesional, el año fue generoso. El trabajo viajó. Llegaron oportunidades que había estado deseando desde hace mucho. Pasé por ciudades que amo, ciudades que antes habría imaginado como posibles salidas. Pero algo había cambiado. Casi sin darme cuenta, dejé de buscar una puerta de escape.
Lo que cambió no fue la curiosidad ni el deseo de explorar.
Fue la inquietud.
Esa sensación de que necesitaba estar en otro lugar para sentirme completa.
2025 fue el año en que aprendí a quedarme.
No porque no existan otros lugares, ni porque no haya opciones mejores, sino porque, por primera vez, puedo decirlo sin dudar: mi vida funciona donde estoy. Yo funciono donde estoy.
Esto no se siente como una llegada. Se siente como un ajuste profundo. Una recalibración interna. Uno de los cambios más significativos que he hecho, no en el papel, sino en mí misma.
Termino este año agradecida. Por el trabajo. Por las personas que tengo cerca y me acompañan con amor. Por las pequeñas reconciliaciones que trajeron sosiego. Y también por esta nueva yo en la que he aprendido a confiar. La que sabe quedarse, escuchar, avanzar sin prisa. Comienzo este nuevo año con la ilusión de lo que esta versión de mí traerá, con más claridad, menos urgencia y un corazón más sereno.
