Siempre es otra la que regresa

Después de haber empacado sus apegos en un par de maletas, después que le preguntaran si realmente sabía lo que estaba haciendo, después de dejar a sus padres con la mirada triste y el corazón hecho añicos, después de subirse al avión con un nudo de emoción en el estómago y un nudo de tensión en la espalda, después que los agentes aduanales le revisaran hasta la conciencia, después de sentarse junto al río y preguntar si estaba soñando o si todo eso era verdad, después de aguantar estoica el rigor de los prejuicios, después que le preguntaran si su familia era azteca o maya, después de llorar de melancolía en medio de la ducha, después que unos extraños en la calle le dijeran calurosamente bienvenue chez-nous*, después de invitar una botella de vino a las chicas que platicaban y reían en la mesa de al lado solo porque le recordaron a sus amigas que –a miles de kilómetros– repetían la misma escena, después de hacer bromas y reír sola, después que la terapeuta le embarrara en la cara la palabra desarraigo por meses, después de subirse a unos esquís y terminar con las piernas moradas y el ego fracturado, después de haber dormido bajo el cielo más estrellado de su vida, después de haber dado explicaciones acerca de su acento, su origen y lo que la trajo hasta aquí, después de resbalar en el hielo y deslizarse en la nieve, después de despertar con la sirena de un barco y salir corriendo como niña a buscarlo, después de regresar a casa agotada mentalmente por intentar seguir el hilo de la conversación, después de tardes de lectura en la ribera, con el sol en la cara y la sombra del roble jugando en su espalda,  después de vivir de lejos el cáncer de su mejor amigo y la muerte de su abuela, después de toparse, justo en la puerta de su casa, con un imponente zorro rojo, después de haberse enamorado de un puente viejo y oxidado, después de intentar saltar la barrera cultural y tropezar, después de subirse a los esquís y finalmente lograr mantenerse de pie, después de hacerse inmune a la palabra “extranjera”, después de escribir páginas enteras de un diario al que no sabrá qué hacerle después, después de conocer la tundra y sentirse conmovida ante esa inmensidad, después de darse cuenta que nadie ha jugado con sus sentimientos como lo hace el clima de esta ciudad, después de hacer una broma y (¡milagro!) escuchar la risa espontánea de los demás, después de correr por el bosque hasta que las piernas no dieran más, después de darse cuenta que en su armario no había más espacio para guardar tantas nostalgias y valientemente deshacerse de algunas de ellas, después de encontrar vestigios de perfección en un helado de maple, en un paseo en kayak, en la flor del tulipán, después de hacer del río un cómplice –para bien o para mal–, después de poner a prueba al amor de su vida, después de quedarse sin aliento tras ver una aurora boreal, después de haberse preguntado a qué hora empezará a llamar a esto “hogar”, después de despertar un día y no recordar más por qué se fue, después de haberse acostumbrado a que le llamen por un nombre que no suena como su nombre, a que la gente frunza el ceño cuando ella habla, a los menos treinta grados centígrados, a que le corrijan deux y douze, después de darse cuenta que el destierro trae destiempo, después –solo después de todo esto y algunas cosas más– es capaz de responder cuando preguntan por aquella que se fue: siempre es otra la que regresa.

 

*”Bienvenida a casa”.

Llegadas / Arrivals / Arrivées

Llegué una hora antes de lo previsto. Debía conducir casi trescientos kilómetros desde Quebec, entrar a Montreal en hora pico de un viernes de verano y cruzar la ciudad para dirigirme al aeropuerto. Por ningún motivo quería llegar tarde, así que planeé mi día y mis desplazamientos considerando el peor escenario posible y para mi tranquilidad, las cosas se dieron mejor de lo que esperaba.

El punto es que ahí estaba yo, sesenta minutos antes, en la sala de llegadas del Pierre-Elliott-Trudeau. Me pareció raro que la sala estuviera casi vacía pero eso me permitió ocupar una banca con ubicación estratégica entre el monitor de registro de aterrizajes y la puerta de salida de viajeros. Estuve leyendo por un rato. Recuerdo bien que leía Mujeres que viajan solas de José Ovejero porque iba a recoger a mi madre, quien viajaba sola, y me pareció una curiosa coincidencia. En pocos minutos la sala se fue llenando de voces, así que guardé a Ovejero y me dispuse a observar. Me gusta mirar a las personas. Me gusta ver sus gestos, cómo se mueven, cómo visten. A veces juego a adivinar sus historias: ocupación, estado civil y de vez en cuando, solo por diversión, algún detalle sórdido. Puedo pasar horas haciéndolo y creo que los aeropuertos son el sitio perfecto para ello porque esas salas de llegadas son como ciertos sitios sagrados que tienen una vibra especial, una energía diferente producto de todas las emociones que ahí se generan y se quedan flotando sin que nos demos cuenta. ¿Cuáles son las anécdotas escondidas entre todas esas maletas, detrás de este vasto catálogo de gente? ¿Adónde va esta muchedumbre y por qué?

Observaba a la pareja que estaba sentada frente a mí cuando dos hombres -un cincuentón y un adolescente- y una mujer mayor ocuparon mi campo visual. Tres generaciones: madre, hijo y nieto. El cincuentón hablaba en francés con el hijo y en rumano con la madre; la abuela se dirigía a ambos en rumano y el adolescente les respondía en un perfecto francés québécois: una escena típica de una familia de inmigrantes y que se puede ver todos los días en una ciudad como Montreal. La mujer estaba visiblemente nerviosa y hablaba poco. La escuché hacer dos preguntas solamente; la primera vez, el hijo consultó el registro de llegadas y la segunda, el nieto miró su reloj de pulsera y movió la cabeza en señal negativa. A los pocos minutos, el monitor anunció el aterrizaje de un vuelo procedente de París y el adolescente dijo “C’est arrivé” (“Ha llegado”) apretando el hombro de su abuela. La señora, impecable, vestía una falda azul hasta las rodillas y un suéter blanco de botones. Los zapatos nuevos eran del mismo tono café que su desgastado bolso de mano. Una gargantilla de oro colgaba de su cuello y en sus orejas, unos aretes pequeños del mismo material. La visualicé planeando su atuendo con esmero, buscando los zapatos que hicieran juego con el bolso y la imagen me conmovió. Algo me decía que se trataba de una ocasión especial.

La señora miraba fijamente hacia la puerta por donde salían los viajeros, yo la miraba a ella. Apenas parpadeaba. En un par de ocasiones se puso de puntillas para ver mejor. De repente, abrió los ojos y se llevó la mano a la boca en señal de admiración. Del otro lado, una mujer -mismo gálibo, misma edad- repetía el ademán. La viajera se aproximaba lentamente y, cuando estaba a un par de metros de la señora de falda azul, soltó su equipaje y extendió los brazos. Pensé que iban a estrecharse pero no fue así. Se acercaron poco a poco, sin prisa, y se empezaron a tocar. Tocaban sus caras, sus manos, sus cabellos. Se reconocían palpando la nariz, las orejas, la boca de la otra. Entonces se abrazaron y soltaron en un llanto discreto, silencioso, sin drama. Los dos hombres miraban de lejos, todos los demás éramos unos intrusos. Sentí impotencia, casi enojo, por la gente que pasaba apresurada, moviéndose torpemente con sus valijas pesadas y escandalosas sin percatarse de que ese momento era solo de ellas. La sala se llenó y entre toda esa vorágine las perdí de vista.

Al poco rato volvió la calma. Las busqué con la mirada pero ellas habían desaparecido. La pantalla de aterrizajes indicaba que el vuelo que estaba esperando había tocado tierra minutos atrás. Tomé mi bolso, me acerqué a la valla. Mi madre cruzó la puerta y yo corrí a recibirla. Nos saludamos con un beso y un abrazo largo. Después de nuestro protocolo de bienvenida tomé su maleta y, al dirigirnos hacia la puerta de salida, noté que alguien nos observaba y sonreía.

En el aire

para Claudia.

Sonrío a manera de saludo. Mi vecino de asiento me devuelve el gesto mientras se acomoda una corbata morada con rombos negros diminutos. Pienso que debe ser un tipo tranquilo y que me dejará dormir. Tras sacar mi libro, pongo el bolso de mano debajo del asiento de enfrente y doblo mi suéter para usarlo de almohada. Bostezo, me siento relajada, supongo que el Dramamine® empieza a surtir efecto. Abro el libro pero después de leer tres veces el mismo párrafo decido dejar la lectura para más tarde. La sobrecargo me ofrece gentilmente un vaso de agua mientras se escucha al piloto dar la bienvenida con un acento que no logro reconocer. Tomo el vaso de plástico, me bebo el agua de un jalón. Cierro los ojos descansando mi cabeza en el respaldo del asiento. Qué bien se siente. Poco a poco el barullo se atenúa y con él se va esfumando la tensión de esta última semana. Un codazo sutil me regresa a la bulla y me incorporo de golpe. Me doy cuenta de que invado el espacio de mi vecino por lo que balbuceo una disculpa torpe, primero en español, luego en inglés. El hombre sonríe incómodo y responde “no hay problema” sin siquiera voltear. Me acomodo de nuevo disponiéndome a dormir. Se repite el codazo pero ya no pido perdón, solo cambio de posición. Finalmente el cansancio me vence y en un instante todo desaparece.

De la negrura emerge una imagen. Soy yo cruzando una calle que desconozco. Intento desactivar la alarma de un auto que está a unos diez metros de mí pero el control remoto parece no funcionar. Mientras me acerco, presiono una y otra vez el botón del llavero sin éxito. Al llegar al auto, inserto la llave y abro la puerta. La alarma se dispara mas no encuentro cómo hacerla callar. Salgo del coche cerrando la puerta con fastidio y empiezo a caminar sin rumbo. Volteo hacia el auto, la alarma sigue sonando. En ese momento me doy cuenta de que me siguen. Son dos hombres que señalan y vienen hacia mí. Acelero el paso y enseguida me echo a correr. Al doblar la esquina, resbalo y caigo. Los hombres están cerca, no me levanto. Me arrastro por el piso lográndome esconder debajo de una camioneta. Ellos pasan trotando cerca de mí, me encojo y cierro los ojos. Los tipos siguen de largo sin percatarse de que estoy a solo unos metros, tirada en el suelo, paralizada de miedo. Me quedo ahí, con los ojos apretados, controlando la respiración. Aguardo unos minutos, abro los ojos cautelosamente pero algo no hace sentido. El piso donde yazco es morado con rombos, rombos negros diminutos. No me muevo, ni siquiera parpadeo, solo hago un escaneo visual. Estoy tendida en la corbata de mi vecino y puedo escuchar claramente los latidos de su corazón. Su cinturón de seguridad se encuentra a unos treinta centímetros de mi cara. Él está inmóvil, tieso, creo que no ha notado que estoy despierta. Imagino al menos tres maneras diferentes de disculparme pero ninguna me convence. Vuelvo a cerrar los ojos y decido permanecer así mientras encuentro una manera elocuente de zafarme de esta situación. En ese momento, el avión se sacude y la advertencia de abrochar el cinturón de seguridad se enciende emitiendo una alarma: la suerte está de mi lado. Me valgo de la turbulencia para fingir un sobresalto y con un gemido me lanzo hacia el lado opuesto, dejándome caer en el borde de la ventanilla. Simulo dormir por un buen rato hasta que el piloto habla de nuevo por el altavoz, esta vez pidiendo que llenemos los formularios de aduana. Entonces aprovecho la ocasión para abrir los ojos mientras estiro los brazos lentamente procurando hacer evidente mi despertar. Corrijo mi postura, cruzo una pierna y recojo mi suéter del piso. Minutos después, un sobrecargo pasa repartiendo los formularios. Con una seña mi vecino le pide una pluma y yo le ofrezco la mía. Él me mira de reojo, titubea. Yo insisto poniéndola sobre su mesa. En la espera, me recuesto de nuevo en el asiento mientras los párpados caen sin remedio. El barullo se disipa y en un instante todo desaparece.

Tarde

El reloj del tablero me recuerda que voy tarde. Las cuentas no me salen por más que intento hacerlas cuadrar: ¿qué demonios he hecho con los minutos esta mañana?

Otra luz roja, ahora es oficial: la única manera de que llegue a tiempo es teletransportándome. Con un suspiro decido calmarme. Me quito los guantes y el gorro y miro de reojo en el espejo solo para comprobar que mi cabellera también es un caos. Enciendo la radio pensando que debí hacerme un chignon. Nieva del otro lado del parabrisas y me sorprende descubrir que hoy la nieve me parece chocante, casi anormal.  El semáforo se pone verde pero yo permanezco inmóvil, pasmada, siento miedo de arrancar. El bocinazo del auto de atrás me obliga a reaccionar. Piso insegura el acelerador, avanzo lentamente. De golpe, el paisaje cotidiano me es completamente ajeno : todo es monocromo, nada que ver con jacarandas y buganvilias. El termómetro indica -16º C y entonces me pregunto qué hago aquí mientras de fondo Lady Gaga canta I want your love, love-love-love, I want your love

Un semáforo más, rojo otra vez . Sé que voy tarde, pero ahora no sé a dónde voy.