Supersticiones: La libreta nueva

Un viaje largo, una mudanza —sobre todo si es de ciudad o de país—, arrancar un negocio o un nuevo proyecto, el nacimiento de un hijo y, quizás, el de alguno de los nietos, cambiar de trabajo, una nueva vida —en solitario o en pareja—, una pérdida importante, la llegada de enero… Tengo la supersticiosa creencia de que hay eventos que ameritan, por no decir exigen, una libreta nueva.

Prescindir de la libreta nueva en alguno de estos casos es como pasar debajo de una escalera; equivaldría al viernes trece, al espejo roto, al gato negro que se cruza en el camino. Yo no corro el riesgo del pecado de omisión.

Pero ya colados en este intrincado terreno de las confesiones, debo admitir que mi fetichismo en torno a la libreta nueva va todavía más lejos. A ella le he conferido cierto tipo de poderes salvadores: el mismo que algunos adjudican a los rituales de año nuevo o a la limpieza de primavera: al borrón y cuenta nueva, pues. Incluso estoy convencida de que si estamos sumidos en el lóbrego abismo del bloqueo creativo, atrapados en el ir y venir cíclico de una idea que se niega a evolucionar, una libreta nueva nos traerá la luz y nos redimirá. De ese tamaño es mi fe.

Así voy por la vida en busca esos objetos de pasta dura, pasta blanda, verticales o apaisados; en busca de cuadernos de todo tipo de tamaños y colores; de hojas blancas, cuadriculadas; cuadernos a rayas —con margen o sin él— que estarán prestos a ser un discreto cómplice, la media naranja o el orgulloso padrino de una ocasión especial.

Quién puede negar el inmenso placer que produce estrenar una libreta: romper la envoltura transparente mientras el olor del papel se cuela entre las grietas; la sutil doma de las carátulas rebeldes que insisten en contraerse; el crujir, a veces musical, a veces lastimero, de las hojas al separarse una de otra como preludio del ciclo nuevo que está por iniciar. Quién puede resistirse ante la idea redentora del nuevo comienzo, del flamante ciclo sin pasado, de la página uno que solo ve y va para adelante. Quién puede. Yo no.

Anuncios

Haz algo, que la vida se te va

Se levanta con la mandíbula trabada, le duelen los dientes. Camina al baño arrastrando los pies, la sombra, la moral. El agua de la ducha se lleva a medias el letargo pero no todo lo demás. Se busca en el espejo. No se encuentra. Toma el maquillaje, lo mira y lo deja: nada cubrirá.

Haz algo, que ya es tarde.

A punto de salir, una pausa. Un poco de jugo, los restos de anoche, los restos de sí. Toma una manzana —que sean dos— para llevar. Busca en el bolso. Llaves, teléfono, billetera: no olvida nada. Afuera, el clima gris, como el mercurio del termómetro que cada día baja más. Acaricia al perro. Revisa las luces. Pone el cerrojo.

Haz algo, que no llegas.

El trayecto es un paseo frío en blanco y negro. Andar en hielo, nieve espesa; perder el equilibrio y resbalar. El equilibrio, qué ironía: ¿el equilibrio qué será? Se detiene en el comercio de una esquina. Husmea, observa. La vitrina sin respuesta, su reflejo ahí no está. Al fin llega: la oficina, la rutina. Va de nuevo: buenos días. En su mesa, a la derecha: café negro, bien amargo. A la izquierda, los pendientes, impacientes, no dan tregua.

Haz algo, que no acabas.

Papel calca, portaminas. ¿Adónde vas con todo esto? Escalímetro, pluma fuente. Parece que trazas tu mapa mental. El jefe, al teléfono, la hipnotiza: solo habla del deadline. El día pasa sin altos ni bajos, hoy no habrá nada que recordar. Apaga el monitor al caer la tarde: en el destello, se asoma ella. Se deja ver, desaparece. Oye tú, tenemos que hablar. En la calle el periplo vespertino: supermercado, tintorería. A lo que vienes, mamacita. En casa aguarda un perro inquieto, una pila de trastes sucios y un montón de nostalgias que no sabe dónde guardar. Pasea al perro, lava los trastes; las nostalgias, otro día.

Haz algo, que la vida se te va.

Viene la noche, el almanaque pierde una hoja más. En el espejo se busca de nuevo. Al fin te veo, ahí estás. El reflejo hace una seña, ella se acerca. No dudes, ven, acércate más. Entonces, del cristal emerge, poco a poco, una voz, un susurro que le dice:

Con calma, que ya es tarde.

Con calma, que no llegas.

Con calma, que no acabas.

Con calma, que la vida se te va

Bogotá, primera estampa*

monserrate-2

A Bogotá, el viajero primerizo debería llegar al alba, en paracaídas, y aterrizar directamente sobre el cerro de Monserrate. Que no se extrañe si es recibido por una bruma espesa que lo arropa todo y llena la mirada, porque a medida que el sol sale, el manto blanco se desvanece, y entonces, de un momento a otro, aparece turbiamente, como entre sueños, la fragosa retícula urbana del Distrito Capital.

No culpemos al andante si se siente en el confín de dos vidas paralelas. Con la visión de aquella urdimbre de concreto y de luces que se apagan una a una ante sus ojos, Monserrate, a sus espaldas, se viste de puro bosque con velos de niebla que flotan etéreos, vienen y van. La voz de una ciudad que se espabila abruptamente sin bostezos, se mezcla con soplos de un viento terco y el crujir del teleférico que justo empieza a trabajar.

Processed with VSCOcam with b1 preset

La antigua Bacatá al fin despierta: la invitación está hecha. Quizás el visitante decida zambullirse en las calles con todo el furor que la curiosidad alimenta. Como buen andariego, tomará la vía antigua, la de costumbre, la de tradición: aquella escalinata empedrada que, llena de mitos e historias de conquistas y devotos peregrinos, lo llevará peldaño a peldaño al encuentro de una urbe que corre vertiginosamente sin esperar a nadie.

Este viajante no tiene prisa, empero. En un descenso apacible y sosegado se irá sumergiendo en las callejas hasta advertirse engullido por la ciudad. Él, que no conoce mejor oficio que el de flâneur, sabe que sus bolsillos, ahora vacíos, regresarán llenos de las estampas bogotanas que le ponga su camino:

grafitis asombrosos, edificios rojos de tabique aparente, callejones de muros carcomidos, perros sin dueño, olor a café,

casonas blancas, portones de madera, torrentes de autos, vaivenes de gente, mimos y carreras de cuyos, mendigos de mirada triste,

vendedores de flores, vendedores de fruta, vendedores de dulces, olor a almojábana recién hecha, notas de vallenato, claxonazos,

risas de estudiantes entrando a la escuela, llamas que caminan por las calles, ejecutivos trajeados, gente en bicicleta…

Hasta aquí la primera estampa. Nuestro viajero celebra entonces estar al fin en Bogotá. Si levanta la mirada, Monserrate tendrá puesto nuevamente el velo blanco como augurio de la lluvia que momentos después caerá. Retoma el paso y, vagabundo, va por más.

Processed with VSCOcam with b1 preset

* Crónica para Límulus.mx, martes 3 de febrero del 2015. Aquí la liga a la publicación original.

Schubert

Mi juguete favorito de niña era un león enorme que llegó envuelto en papel de colores el día de mi cumpleaños número seis. No era un león cualquiera. Solamente la cabeza tenía el tamaño del resto de su cuerpo. Además, portaba con cierta bravura una abundante y despeinada melena negra que era sin duda lo que más me gustaba de su exuberante personalidad.

En esas fechas coleccionaba los tomos de mi primera enciclopedia. Cada número venía acompañado de un acetato de música clásica dedicado a alguno de sus grandes compositores. En la funda del disco aparecía una fotografía y una breve biografía de la celebridad en cuestión. Qué señores más cautivadores iba descubriendo semana a semana. Qué gestos, qué garbo, qué solemnidad. Fue gracias a esta coincidencia que pude encontrar de inmediato el nombre adecuado para mi recién llegado felino: con esa melena y esa gallardía sólo podía llamarse Schubert.

Esta mañana, mientras el cuarteto Mandelring cerraba su función con “La muerte y la doncella” de Franz Schubert, no pude evitar el recuerdo de mi silente y fiel camarada de infancia —mi Schubert— y su formidable mata negra. Así opera la memoria y sus extrañas conexiones: hoy en los corredores de la sala de conciertos mi niña interior salió a jugar.

El fin del mundo es blanco

No existe ciudad más al este en la provincia de Quebec que Blanc Sablon. Para llegar al pequeño poblado situado en la frontera con la provincia de Labrador no tenemos muchas alternativas. La más sencilla es volar. Para los aventurados hay un par de opciones. La primera, es conducir por la costa norte del río San Lorenzo hasta Natashquan, lugar donde se acaba la carretera, y ahí tomar un barco o una avioneta a Blanc Sablon. La segunda, es hacer el recorrido completo en barco, lo cual toma algunos días, pero supone ser la opción ideal gracias al paisaje espectacular a lo largo del trayecto y las diversas escalas en islas a las que sólo se llega navegando. En mi caso, y por tratarse de motivos de trabajo, la alternativa rápida y práctica era la única posible.

Aun por aire el viaje es largo: siete horas y tres escalas partiendo de la ciudad de Quebec. La avioneta vuela bajo y a través de la ventanilla se descubren kilómetros y kilómetros de agua y terreno rocoso sin rastro alguno de vegetación. El Golfo de San Lorenzo está colmado de bloques de hielo que desde el cielo sugieren un patrón como aquel que descubrimos al acercar el ojo al ocular de un microscopio. Sobrevolamos la tundra, nos dirigimos al fin del mundo.

Mis colegas y yo llegamos a un aeropuerto minúsculo en medio de la nada. Nos espera el único taxista del pueblo, un tipo grandote que nos habla mezclando con naturalidad inglés y francés. Se da cuenta de ello y se disculpa aprovechando la ocasión para informarnos (¿o advertirnos?) que, debido a la cercanía con la provincia de Labrador —anglófona—, toda la gente habla así. Nos deja en el hotel, un lugarcito acogedor con olor a leña y habitaciones con vista al mar.

Juntas de trabajo, entrevistas y visitas de campo van llenando la agenda; el tiempo para salir y echar un vistazo es poco. Al tercer día logro escaparme a correr y tomar algunas fotos. Una centena de casas —tal vez menos— conforma el pueblo, además de una tienda de abarrotes, una gasolinera, una iglesia y un hospital. No se ve un sólo árbol en el horizonte, apenas roca y hielo y mar. Los bloques de hielo que flotan en el océano van y vienen constantemente, apareciendo y desapareciendo del panorama como por arte de magia: unos días están ahí, otros días no. Pregunto cómo es que el paisaje puede cambiar así de golpe y me responden con orgullo: “Esto es la Basse-Côte-Nord de Quebec. Aquí el horizonte nunca luce igual.”

Tenemos unas horas libres. El dueño del hotel nos renta su auto y decidimos recorrer la autopista 138, la única de la zona, que va de Vieux-Port hasta la frontera con Labrador donde se convierte en la ruta 510. Conducimos hacia el sur. Después de setenta kilómetros de lagos semicongelados, cascadas y más roca nos topamos con un letrero indicando el final del camino que desemboca en el mar. Regresamos por la misma vía y nos dirigimos hacia Labrador. El paisaje no cambia; la frontera, como siempre, es una idea. A partir de ahí, una densa neblina nos acompaña. Avanzamos lentamente mientras emerge el sonido de una sirena que nos lleva hasta un faro, el Point Amour Lighthouse (1850), uno de los pocos sitios históricos de la región. La bruma nos impide ver el mar, el ulular de la sirena lo llena todo. Así se nos acaba la tarde, llega la hora de volver.

La mayoría de los adultos de este lugar se dedica a la pesca y unos cuantos al servicio y mantenimiento de embarcaciones. Los niños juegan a hacer túneles en la nieve y a buscarle forma a los icebergs, no a las nubes. Los adolescentes aguardan pacientemente el día en que puedan emigrar. Porque si hay algo que impera en el carácter de esta gente es la paciencia. Aquí el tiempo se mide con otra escala, la escala que nuestros ancestros solían usar. Las esperas son en días y la vida se contabiliza en veranos vividos.

Esta tierra anónima y el gran contraste que presenta con mi vida cotidiana me han tentado a llamarlo desolación, pero no me atrevo. No, no es desolación lo que han visto mis ojos, es inmensidad. El paisaje se termina con la curvatura de la tierra donde el blanco del hielo se fuga en la misma línea con el azul del cielo. Esto es el fin del mundo. Y el fin del mundo es blanco.

Gracias, querido Ricardo, por tus notas y comentarios a este texto.

Extranjera

El lugar ideal para mí es aquel en donde es más natural vivir como extranjero.
Italo Calvino, Eremita a Parigi. Pagine autobiografiche, 1995.

Me gusta ser extranjera. Esa condición me da el privilegio de vivir la cotidianidad con una sana distancia donde nada me salpica o me despeina. Extraña sustracción de un mundo en el que estoy y no estoy. Qué liviana me siento ante el dulce sosiego de saber que nada de esto es mío, que nada de esto me pertenece. Porque los apegos pesan, estorban. Y las raíces demasiado profundas sólo consiguen inmovilizar.

Amo esta tierra forastera precisamente porque nada me ata a ella. Su pasado me conmueve mas no me duele; su futuro no me abruma. Su presente me toca hasta donde yo le permito llegar: mágico cortejo entre dos desconocidos que se dejan sorprender sin expectativas; idilio perfecto que no precisa de pactos con testigos ni promesas de fidelidad.

Agradezco a este suelo por no ser mi patria y por eximirme sin reproche de ciertos protocolos; agradezco también no saberme un soldado más entre sus filas. Puedo pasearme completamente desprovista de héroes, rivalidades y estereotipos heredados saboreando la sutil rebeldía de no pertenecer y la seductora concesión de poder ver sin filtros este territorio y quererlo tal y como es.

Me gusta ser extranjera. De ésas que llegan sin equipaje y sin equipaje se van. Qué gloriosa libertad.

Greco

Sus pisadas ya no suenan como antes. En los últimos dos años, éstas pasaron de un melódico alegretto a un larghissimo lastimero que evocan al sonido del clarión deslizándose sobre la pizarra. Esas blancas extremidades se arrastran sobre el camino trazando nuestro recorrido. A cada paseo, un bosquejo. Sólo basta mirar hacia atrás para descubrirlo. Bosquejos sobre la nieve, sobre la tierra, sobre el follaje; también sobre el asfalto donde últimamente dejaba trazos rojos de sangre hasta que decidimos que no más caminatas sobre el asfalto, no más.

El viento nos obliga a ir despacio, nos recuerda que hoy no hay prisa. Un olor familiar me remonta a nuestros primeros paseos en estas tierras tan lejanas de todo y de todos pero que con los años hemos hecho casi nuestras. Me pregunto si él conoce la nostalgia con la misma intriga con la que he intentado descifrar sus gestos durante catorce años. Apenas puede con su cadera que sólo habla de vejez, pero el brío es el mismo y el talante curioso y resuelto sigue ahí. A los pocos metros se detiene. Se toma el tiempo a sorbitos, olisquea a su alrededor. Yo me pongo en cuclillas para masajear sus patas delanteras. Sé que duele pero no hay queja, solo lame mi mano pidiendo delicadeza con delicadeza. Intento decir algo pero entonces se levanta decidido y seguimos dibujando nuestro andar.

Podríamos caminar esta vereda a ojos cerrados. Lo único que ha cambiado es el tiempo que nos toma recorrerla. Conocemos cada metro con todas sus variantes según la estación del año. La hemos visto marchitarse, cubrirse de blanco y luego reverdecer. Hemos errado tantas veces por aquí que cada sonido, cada olor y cada textura nos pertenecen por derecho propio. Porque sabemos que el crujido de la hojarasca otoñal no es el mismo en septiembre que en noviembre; que la nieve nueva no se siente igual que la nieve vieja; que el río en verano susurra, en invierno crepita y en primavera vocifera. En esta mañana de abril, casi mayo, aún hay tulipanes. Y todos se mecen para decir adiós.

Al fin llegamos a la pequeña playa en la ribera, nuestro rincón preferido. Aquí hacemos lo que más nos gusta: yo, leer; él, nadar, aunque hace meses que no lo hace más. Un día casi se ahoga. Yo me percaté al oírlo chillar. Corrí a la orilla a esperarlo, el corazón se me salía. Tardó mucho tiempo en acercarse, salió temblando del agua. Ambos regresamos a casa cabizbajos, sabíamos que ésa había sido la última vez. A partir de esa ocasión se limitaba a sentarse sobre la arena a contemplar hipnotizado las aguas del San Lorenzo. A veces emitía un ligero lloriqueo, a veces mirar parecía bastarle.

Hoy la marea está baja, cosa rara en tiempo de deshielo. Hace apenas unas semanas que el río ha vuelto a su estado líquido, todavía quedan un par de bloques de hielo que mañana ya no estarán. Permanezco de pie sobre la arena, él se sienta con dificultad. No hay nada que decir, hasta el viento ha callado. Lo abrazo fuerte y duele tanto, sé que al soltarlo debo dejarlo ir. Me incorporo y apenas puedo decir “go”. Entonces él se levanta y con todas sus fuerzas corre, corre, corre, de nuevo joven, a encontrarse con el agua en un chapuzón arrebatado, como antes, como siempre.

Nada feliz, Greco, amigo mío. Y espérame en la otra orilla.

Maratón

Escucharás un disparo, tu corazón latirá fuerte, inspirarás profundamente. La inercia de la multitud te arrastrará. Cruzarás la línea de salida: el tiempo oficialmente empezará a contar. Los gritos de la gente aturdirán. Cada pisada pesará. Intentarás dominar tu cuerpo torpe y rígido. Te concentrarás en inhalar a buen ritmo, en controlar tu cadencia, en cuidar tu postura. Otros corredores pasarán a un lado dejándote atrás, eso te intimidará. Mirarás el reloj casi cada minuto; sentirás la adrenalina recorriendo tu cuerpo. Esto apenas comienza, cavilarás.

La gente seguirá vitoreando pero sus gritos se volverán un lejano eco que apenas escucharás. El panorama te distraerá. Verificarás de repente tus pulsaciones o quizá tu posición. Poco a poco irás aflojando los brazos, olvidarás tu respiración. Llamará tu atención aquella señora que aplaude en pijama desde su puerta. Sonreirás. Repararás en la camiseta de la chica de enfrente apoyando a los enfermos de linfoma, en la bandera colgando en la espalda del corredor a tu derecha, en el nombre escrito con plumón rojo en el brazo de otro competidor más allá. Todos corren por una causa, supondrás.

El paisaje sutilmente devendrá una fotografía borrosa. Apenas sentirás las gotas de sudor cayendo del pliegue de tus brazos. La línea del tiempo te jalará caprichosamente hacia atrás y hacia adelante. Visitarás a la abuela quien te recibirá entre besos y estrujones, como siempre lo hizo. Tal vez llegarás a aquella aula en la que a escondidas te robaron tu primer beso. Irás al jardín de tu infancia a jugar con tus hermanos y ese perro al que perseguían descalzos entre gritos y risas. Aterrizarás en Lisboa y casi podrás sentir el olor de los pastéis de Belém. Te encontrarás sentado ante la chimenea reviviendo una escena con esos amigos a quienes no has vuelto a ver desde esa tarde. Buscarás solución al problema que te tiene inquieto. Recordarás súbitamente el nombre de la película que quisiste recomendar días antes y que simplemente no lograste mencionar. Te harás preguntas, muchas, sobre tu vida, sobre ti. Posiblemente concluirás que es hora de tomar otro riesgo porque en ese momento te sentirás poderoso, invencible. Aparecerá, como ráfaga y de manera desordenada, la memoria de las fiestas de la universidad, alguna mudanza, caminatas por la playa, amistades entrañables, promesas, miradas, roces, adioses.

El calor te traerá de vuelta. Sentirás sed. Tus ojos buscarán el próximo tramo con sombra y no lo encontrarán. Notarás que has bajado tu velocidad. Intentarás acelerar, recuperar la cadencia perdida. Tus piernas se rebelarán. A ellas les seguirán tu mente y tu voluntad. Juzgarás que todo eso no fue buena idea y que en ese momento estarías desayunando cómodamente en casa. Intentarás sacar la cuenta de todos los libros que ya hubieras leído en tantas horas de entrenamiento. Enumerarás las ocasiones que dijiste que no a los eventos sociales, las veces que fuiste el primero en abandonar la fiesta, los manjares a los que tuviste que renunciar. Te preguntarás una y otra vez qué demonios haces ahí mientras el calor aumenta y el cansancio empieza a hacer mella. Bienvenido al muro de los treinta kilómetros, augurarás.

Verás otros corredores —aparentemente en forma— detenerse a caminar. Algunos comenzarán a abandonar. Temerás ser el próximo y buscarás un aliciente: llegar al poste de luz, después al siguiente y así sucesivamente. En la banqueta un niño sostendrá un cartel: “No aflojes. Tú puedes”, y tú pensarás que ya no puedes, pero te negarás a parar. Habrá algo dentro de ti que te mantendrá corriendo y te dejarás llevar.

La pancarta avisando que faltan cinco kilómetros al fin arribará. La cantidad de gente en las calles aumentará junto con la rigidez de tus cuádriceps y pantorrillas. Intentarás hacer un esfuerzo adicional y acelerarás. Todo tu cuerpo se defenderá. Jadearás. Sabrás que ya no tienes fuerzas pero aun te quedará voluntad. La muchedumbre aplaudirá, levantará los pulgares; apenas lo advertirás.

Y, de pronto, la meta emergerá. Un escalofrío invadirá tu cuerpo y todo lo demás se esfumará: solo atenderás esa línea de llegada, el final del trayecto. El último tramo te parecerá tan largo que por un instante dudarás si sigues avanzando o si tus piernas decidieron parar. Gritos, música, globos de colores y ese arco proclamando que llevas más de cuatro horas corriendo. Extenderás los brazos, cruzarás la meta. Te sentirás un héroe, lo serás. Habrá lágrimas en tus ojos y un golpeteo en tu pecho que difícilmente podrás ignorar. Cuarenta y dos punto dos kilómetros, todo terminará. Te dolerán las piernas, estarás molido, acabarás exhausto. Y aun así, al día siguiente solo pensarás en volverte a poner esos tenis y hacerlo una vez más.

A propósito de arquitectura /I. Barragán y yo: El Convento de las Capuchinas.

Foto: Fundación Barragán
(www.barragan-foundation.org)

A los ocho años, el único atractivo que encontraba en asistir a una primera comunión era ver a los amigos de la escuela fuera de la escuela. Ese aliciente compensaba medianamente la vergüenza de portar aquel vestido cursi y esos horribles e incómodos zapatos de charol que mi madre limpió con esmero antes de salir de casa. Nos perdimos en el pueblo de Tlalpan y, después de numerosas indicaciones y algunas vueltas por el mismo lugar, logramos llegar al número cuarenta y tres de la calle Miguel Hidalgo. Dudamos ante la fachada sosa que teníamos enfrente: un muro blanco —agrietado y mal pintado— con un modesto y viejo portón de madera al centro. Nosotros buscábamos un convento. No es aquí, le dije a mi madre. Ella se acercó al portón entreabierto y echó un vistazo. Sí es, respondió aliviada mientras una monja abría la puerta de par en par y nos invitaba a pasar. Estábamos al fin en el Convento de las Capuchinas Sacramentarias del Purísimo Corazón de María. Ese día conocí a Luis Barragán.

La primera sorpresa de muchas llegó al cruzar la puerta de entrada y encontrarme ante un corredor luminoso. Una celosía amarilla recorría el pasillo hasta llevarme hacia un pequeño patio interior donde el sonido del agua que caía de una pileta llena de flores era lo único que colmaba el espacio. O casi lo único. Un aura inexplicable de paz y atemporalidad se apropiaba de muros y baldosas sin que estos opusieran resistencia. Estaba encantada ante mi descubrimiento, ahí me quería quedar. ¿Realmente ese lugar era un convento?

La ceremonia había comenzado y la monja nos dirige hacia la capilla. Sigo atónita. ¿Dónde está el Cristo ensangrentado, la virgen que llora, los santos con miradas tristes y abnegadas? En su lugar encuentro un muro magenta en el que se dibuja la sombra juguetona de una cruz esbelta. El sol matinal se cuela iluminando sutilmente el altar y el tríptico dorado de Mathias Goeritz resplandece representando atinadamente la noción de divino. Si Dios existe, pensé, su casa debería ser así: una fiesta de luz y color, sin ornamentos tenebrosos ni rincones escabrosos. En este lugar el misticismo encarnaba un significado diferente, más congruente con los conceptos de sencillez, austeridad y desapego aprendidos a regañadientes en mis clases de religión de la escuela. Congruencia. Esa es la palabra. A los ocho años era incapaz de dimensionar la genialidad de quien concibe un espacio de ese tipo, pero sí que podía percibirla, sentirla. Luis Barragán llevaba el minimalismo a su máxima y mejor expresión mucho antes de ser tendencia en las revistas de diseño y parte del vocabulario chic de los arquitectos contemporáneos. Es por ello que su obra sigue siendo tan actual como hace sesenta años: solo la verdadera genialidad puede superar la dolorosa prueba del tiempo y el olvido.

¿Será este místico encuentro el culpable de mis manos siempre manchadas de carboncillo y tinta, de todos estos pedazos de papel calca volando alrededor de mí? Posiblemente. Lo que sí puedo asegurar es que de Barragán aprendí que la arquitectura es mucho más que materia y que una celosía puede ser también un instrumento de viento. El vestido cursi y los zapatos de charol bien habían valido la misa.

Foto: C. Zeballos.
(www.moleskinearquitectonico.blogspot.com)

Siempre Malinalco

¿Qué tienen en común Madredeus y un pueblo recóndito en el Estado de México? Seguramente nada pero la voz de Teresa Salgueiro me transporta irremediablemente a Malinalco, uno de mis rincones favoritos y lugar al que va mi mente cuando busca refugio, como niño tras la falda de su madre.

Los libros de historia dicen que Malinalco se remonta a épocas prehispánicas y que fue ocupado por las culturas teotihuacana, tolteca, matlazintla y azteca. Allí se encuentra el Cuauhcalli (o “Casa de las águilas y los tigres”), uno de los pocos edificios monolíticos del mundo -único en América- donde se iniciaban los caballeros águila como guerreros aztecas. Estos caballeros, después de subir 13 niveles y 354 escalones, llegaban a las puertas del Mictlan o inframundo y, tras entrar y realizar toda una serie de ceremonias y rituales, regresaban al mundo de los vivos convertidos en los legendarios guerreros de los ejércitos aztecas.

Me gusta pensar que la sangre llama y que fue la sangre azteca que corre por mis venas la que me llevó hasta allí. Empaqué veintiún años en una maleta e hice de Malinalco mi hogar. Llegué como quien regresa a casa después de una larga ausencia y es ahí, en ese pueblo de brujos y chamanes, a las faldas del Cerro de los Ídolos, donde me inicié como guerrera.  Subí 13 niveles y 354 escalones y entré por las puertas del Mictlan para después volver al mundo de los vivos a librar mis propias batallas.

Dicen que Malinalco es un pueblo mágico, místico; tal vez sea verdad. Para mí, es un punto en el mapa de mi vida que marca un parteaguas. Y no importa cuál sea la contienda, Malinalco será la trinchera a la que corra buscando cobijo transportada por el fado de Madredeus y escoltada por el espíritu de los caballeros águila, guerreros como yo.