Schubert

Mi juguete favorito de niña era un león enorme que llegó envuelto en papel de colores el día de mi cumpleaños número seis. No era un león cualquiera. Solamente la cabeza tenía el tamaño del resto de su cuerpo. Además, portaba con cierta bravura una abundante y despeinada melena negra que era sin duda lo que más me gustaba de su exuberante personalidad.

En esas fechas coleccionaba los tomos de mi primera enciclopedia. Cada número venía acompañado de un acetato de música clásica dedicado a alguno de sus grandes compositores. En la funda del disco aparecía una fotografía y una breve biografía de la celebridad en cuestión. Qué señores más cautivadores iba descubriendo semana a semana. Qué gestos, qué garbo, qué solemnidad. Fue gracias a esta coincidencia que pude encontrar de inmediato el nombre adecuado para mi recién llegado felino: con esa melena y esa gallardía sólo podía llamarse Schubert.

Esta mañana, mientras el cuarteto Mandelring cerraba su función con “La muerte y la doncella” de Franz Schubert, no pude evitar el recuerdo de mi silente y fiel camarada de infancia —mi Schubert— y su formidable mata negra. Así opera la memoria y sus extrañas conexiones: hoy en los corredores de la sala de conciertos mi niña interior salió a jugar.

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