Greco

Sus pisadas ya no suenan como antes. En los últimos dos años, éstas pasaron de un melódico alegretto a un larghissimo lastimero que evocan al sonido del clarión deslizándose sobre la pizarra. Esas blancas extremidades se arrastran sobre el camino trazando nuestro recorrido. A cada paseo, un bosquejo. Sólo basta mirar hacia atrás para descubrirlo. Bosquejos sobre la nieve, sobre la tierra, sobre el follaje; también sobre el asfalto donde últimamente dejaba trazos rojos de sangre hasta que decidimos que no más caminatas sobre el asfalto, no más.

El viento nos obliga a ir despacio, nos recuerda que hoy no hay prisa. Un olor familiar me remonta a nuestros primeros paseos en estas tierras tan lejanas de todo y de todos pero que con los años hemos hecho casi nuestras. Me pregunto si él conoce la nostalgia con la misma intriga con la que he intentado descifrar sus gestos durante catorce años. Apenas puede con su cadera que sólo habla de vejez, pero el brío es el mismo y el talante curioso y resuelto sigue ahí. A los pocos metros se detiene. Se toma el tiempo a sorbitos, olisquea a su alrededor. Yo me pongo en cuclillas para masajear sus patas delanteras. Sé que duele pero no hay queja, solo lame mi mano pidiendo delicadeza con delicadeza. Intento decir algo pero entonces se levanta decidido y seguimos dibujando nuestro andar.

Podríamos caminar esta vereda a ojos cerrados. Lo único que ha cambiado es el tiempo que nos toma recorrerla. Conocemos cada metro con todas sus variantes según la estación del año. La hemos visto marchitarse, cubrirse de blanco y luego reverdecer. Hemos errado tantas veces por aquí que cada sonido, cada olor y cada textura nos pertenecen por derecho propio. Porque sabemos que el crujido de la hojarasca otoñal no es el mismo en septiembre que en noviembre; que la nieve nueva no se siente igual que la nieve vieja; que el río en verano susurra, en invierno crepita y en primavera vocifera. En esta mañana de abril, casi mayo, aún hay tulipanes. Y todos se mecen para decir adiós.

Al fin llegamos a la pequeña playa en la ribera, nuestro rincón preferido. Aquí hacemos lo que más nos gusta: yo, leer; él, nadar, aunque hace meses que no lo hace más. Un día casi se ahoga. Yo me percaté al oírlo chillar. Corrí a la orilla a esperarlo, el corazón se me salía. Tardó mucho tiempo en acercarse, salió temblando del agua. Ambos regresamos a casa cabizbajos, sabíamos que ésa había sido la última vez. A partir de esa ocasión se limitaba a sentarse sobre la arena a contemplar hipnotizado las aguas del San Lorenzo. A veces emitía un ligero lloriqueo, a veces mirar parecía bastarle.

Hoy la marea está baja, cosa rara en tiempo de deshielo. Hace apenas unas semanas que el río ha vuelto a su estado líquido, todavía quedan un par de bloques de hielo que mañana ya no estarán. Permanezco de pie sobre la arena, él se sienta con dificultad. No hay nada que decir, hasta el viento ha callado. Lo abrazo fuerte y duele tanto, sé que al soltarlo debo dejarlo ir. Me incorporo y apenas puedo decir “go”. Entonces él se levanta y con todas sus fuerzas corre, corre, corre, de nuevo joven, a encontrarse con el agua en un chapuzón arrebatado, como antes, como siempre.

Nada feliz, Greco, amigo mío. Y espérame en la otra orilla.

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4 comentarios sobre “Greco

  1. Nos unimos con una modesta ofrenda a tu altar de palabras.
    Ciertamente el Greco está moviendo su cola blanca, mientras deja a su lengua sentir la brisa dulce de la primavera. Al otro lado de la orilla espera pacientemente pero con la mirada fija en su presa favorita: el corazón de quienes estuvimos cerca de él.
    Hoy el San Lorenzo lleva en sus entrañas mucho más que agua del deshielo.
    F, B, S y A.

  2. ¿Podemos de verdad dejar ir aquello que fue nosotros? No podemos, simplemente se va. Nuestro cuerpo se compone de lo que hay dentro de la piel y de lo que amamos y está fuera. Cuántos corazones tenemos deambulando fuera de la piel, y que necesitamos que estén junto a nosotros tanto o más como el que bombea nuestra sangre. Beso Sandrita.

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