A propósito de arquitectura /I. Barragán y yo: El Convento de las Capuchinas.

Foto: Fundación Barragán
(www.barragan-foundation.org)

A los ocho años, el único atractivo que encontraba en asistir a una primera comunión era ver a los amigos de la escuela fuera de la escuela. Ese aliciente compensaba medianamente la vergüenza de portar aquel vestido cursi y esos horribles e incómodos zapatos de charol que mi madre limpió con esmero antes de salir de casa. Nos perdimos en el pueblo de Tlalpan y, después de numerosas indicaciones y algunas vueltas por el mismo lugar, logramos llegar al número cuarenta y tres de la calle Miguel Hidalgo. Dudamos ante la fachada sosa que teníamos enfrente: un muro blanco —agrietado y mal pintado— con un modesto y viejo portón de madera al centro. Nosotros buscábamos un convento. No es aquí, le dije a mi madre. Ella se acercó al portón entreabierto y echó un vistazo. Sí es, respondió aliviada mientras una monja abría la puerta de par en par y nos invitaba a pasar. Estábamos al fin en el Convento de las Capuchinas Sacramentarias del Purísimo Corazón de María. Ese día conocí a Luis Barragán.

La primera sorpresa de muchas llegó al cruzar la puerta de entrada y encontrarme ante un corredor luminoso. Una celosía amarilla recorría el pasillo hasta llevarme hacia un pequeño patio interior donde el sonido del agua que caía de una pileta llena de flores era lo único que colmaba el espacio. O casi lo único. Un aura inexplicable de paz y atemporalidad se apropiaba de muros y baldosas sin que estos opusieran resistencia. Estaba encantada ante mi descubrimiento, ahí me quería quedar. ¿Realmente ese lugar era un convento?

La ceremonia había comenzado y la monja nos dirige hacia la capilla. Sigo atónita. ¿Dónde está el Cristo ensangrentado, la virgen que llora, los santos con miradas tristes y abnegadas? En su lugar encuentro un muro magenta en el que se dibuja la sombra juguetona de una cruz esbelta. El sol matinal se cuela iluminando sutilmente el altar y el tríptico dorado de Mathias Goeritz resplandece representando atinadamente la noción de divino. Si Dios existe, pensé, su casa debería ser así: una fiesta de luz y color, sin ornamentos tenebrosos ni rincones escabrosos. En este lugar el misticismo encarnaba un significado diferente, más congruente con los conceptos de sencillez, austeridad y desapego aprendidos a regañadientes en mis clases de religión de la escuela. Congruencia. Esa es la palabra. A los ocho años era incapaz de dimensionar la genialidad de quien concibe un espacio de ese tipo, pero sí que podía percibirla, sentirla. Luis Barragán llevaba el minimalismo a su máxima y mejor expresión mucho antes de ser tendencia en las revistas de diseño y parte del vocabulario chic de los arquitectos contemporáneos. Es por ello que su obra sigue siendo tan actual como hace sesenta años: solo la verdadera genialidad puede superar la dolorosa prueba del tiempo y el olvido.

¿Será este místico encuentro el culpable de mis manos siempre manchadas de carboncillo y tinta, de todos estos pedazos de papel calca volando alrededor de mí? Posiblemente. Lo que sí puedo asegurar es que de Barragán aprendí que la arquitectura es mucho más que materia y que una celosía puede ser también un instrumento de viento. El vestido cursi y los zapatos de charol bien habían valido la misa.

Foto: C. Zeballos.
(www.moleskinearquitectonico.blogspot.com)
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s